¿Quién no ha tenido alguna vez la tentación de acordarse de toda la familia de un político? Es más, ¿quién no ha blasfemado como un cosaco sobre uno de ellos? Arremeter contra quienes componen el gobierno o la oposición es casi una tradición en este país en el que los amores son tan grandes como los odios, y la persona que profiere esos insultos sin duda se cree llena de motivos para ello. Muchas veces, hasta tiene razón. Conversaciones de tasca, peluquería o hasta en las más selectas cafeterías. Se podría decir que eso es lo que tiene estar en la esfera del poder.
Pero hay ocasiones en las que la crítica se convierte en un arpón afilado que va directo al corazón. Lo vimos hace unos días al llamar el alcalde de Valladolid “muñeca hinchable” a Leire Pajín. Obligado por la cúpula de su partido, el autor de este comentario machista y degradante ha pedido perdón públicamente. Pero, con su acto, ha abierto la barra libre a los insultos contra los ministros entrantes o salientes del PSOE. Y el que se ha unido a la fiesta ha sido Arturo Pérez-Reverte.
Su ataque fue directo contra Moratinos, a quién llamó “perfecto mierda” por emocionarse y llorar en el momento en el que se despedía de su cargo. Reverte está acostumbrado a tener un privilegio frente al resto de los líderes de opinión: tiene libertad absoluta para arremeter en su columna contra quien quiera. No le cambian ni una coma. Y claro, ahí se ha despachado a gusto contra la clase política actual. Con razón. Sus salidas de tono siempre han estado bien argumentadas. Hasta ahora.
Moratinos puede caernos bien o mal, pero si se le va a llamar “perfecto mierda”, por lo menos se ha de tener una razón de peso. Máxime siendo un personaje público y, para más inri, miembro de la RAE, que es casi lo mismo que un cargo público como el del deslenguado alcalde de Valladolid.
Admiro a Pérez-Reverte por sus agudos comentarios, por su forma de pensar y por su forma de escribir. Creo que es uno de los mejores periodistas que hay en estos momentos. Y, por eso mismo, sus palabras me han ofendido. Me he sentido traicionado ante lo que es, sin duda alguna, un ataque de ego. Sé perfectamente lo maravilloso que es tener un folio en blanco y alguien contra el que arremeter. Puedo comprender incluso el placer oculto que hay en hacérselo a alguien a quien se odia. Pero, si se quiere seguir teniendo razón, a cada palabra hay que darle un argumento. De lo contrario, como dijo en una ocasión una sabia persona, actuamos como camioneros en una peluquería.
Las críticas no han tardado en llegar. Eso sí, hay quien le aplaude la chanza. Pero, para mí, lo peor es que, en vez de reconocer su error, Reverte se jacta de su hazaña y hasta ha llegado a decir que, si lo llega a saber, le insulta antes. Parece encantado con la polémica que ha desatado.
Cosas como ésta demuestran lo peligroso que es subir a los altares a una persona. Porque, desde esa altura privilegiada, puede hacer más daño al arrojar piedras.

 

 

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