Mercenario de la hipocresía

Publicado: 11 septiembre, 2011 en Divagaciones, Relatos
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Aunque sólo nos separaban un par de años, a él la vida ya lo había consumido lo suficiente como para convertirle en un hombre gris con buena percha para el traje. Su sonrisa forzada era evidente mientras me acercaba con profesionalidad aquella tarjeta con un nombre, una extensión de centralita y el consabido logotipo al que se había reducido su vida, mientras señalaba aquél folleto garabateado con consignas matemáticas de dudosa legalidad.
Él era mercenario de la hipocresía, aunque difícilmente llegaría a maestro. Era uno de tantos que escogieron el camino oscuro tras salir de la facultad y acabaron tras una mesa de oficina en la sucursal de un banco con la única misión de vender humo a quienes acudían a su puesto con un mar de dudas, un modesto saquito con el símbolo del dólar y esperanzas de hacerse ricos a costa del sistema financiero. Se sentía a gusto con el cheque a fin de mes, de obligado ingreso en una cuenta de la entidad, y algunas comisiones de vez en cuando si conseguía arrastrar una pequeña fortuna a las arcas mágicas de su oficina.
Como una hormiguita, ahorraba para poder comprarse su BMW, asumiendo con fastidio aquellos extras que implicaban la buena presencia que exigía el protocolo del banco. Era de los pocos en su apolillado bloque que llevaba corbata, incluso camisa, y soñaba con huir de allí algún día. Mientras tanto, se conformaba con mirar por encima del hombro sin ningún disimulo a sus convecinos. Como estaba haciendo hoy.
El alboroto del fondo de la sala captaba su atención más que la promesa de mirar la posibilidad de que yo trasladase mis ahorros a su caja fuerte. Mientras me repetía las ventajas de unirme a su club, miraba por encima mía al grupo de personas que peleaban a viva voz, extrañado de que eso pasase en el santuario de San Dinero. A mí no me hacía falta girarme para evocar la imagen de un hombre casi sumido en la indigencia gastando su último cartucho en un vano esfuerzo de que el banco dejase de sangrarle el subsidio del paro. Pero para el joven que estaba en la cima la idea de despeñarse era algo lejano, y su gesto de desagrado lo dejó todo claro. ¿Qué le importaban a él las miserias de un loco, cuando tenía su futuro asegurado?
Estreché su mano con lástima antes de levantarme y cruzar una mirada con el hombrecillo al que dos fornidos vigilantes arrastraban hacia la salida. Aunque él estuviese tocando fondo, su calvario no era ni por asomo equiparable al que estaba viviendo el solícito empleado del banco, tan alejado de lo que pasaba realmente en la calle, perdido en un mundo de resultados que, como siempre, sólo son para unos pocos, y él no está entre ellos.
Vitoria, 11 de septiembre de 2011

 

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