Muchas veces pienso que vivimos en un Déjà vu constante llamado rutina. No me refiero solo al día a día y esas cosas tan necesarias como comer, vestirse y demás. También englobo esas etapas del año en las que volvemos sobre nuestros pasos para hacer lo mismo: en verano a la playa o, como pobre sucedáneo, piscina; en navidades poner el árbol y empacharnos a base de esas comidas reservadas únicamente para esas fechas…
Y de nuevo me veo reviviendo mi pasado este oscuro mes de junio. Otra vez han espolvoreado sobre los días que lo componen esa nefasta invención llamada examen.
Desde que tengo uso de razón por estos meses he sufrido la amenaza de los exámenes finales. Es algo a lo que cuesta acostumbrarse, pero a lo que no se puede uno negar, so pena de quedar varado en el camino.
Pero esta vez es diferente. Más peligroso. Más emocionante. Porque esta vez además de brasas ardiendo, a mi paso han colocado vidrios y clavos. Es normal. Porque estoy en la recta final.
Sólo cinco exámenes me separan de un trozo de papel que da derecho a llamarme licenciado. Cinco obstáculos que hay que saltar. Los últimos cinco malditos exámenes. Y, cómo no, ya estoy deseando librarme de ellos.
Lo curioso es que no me invade esa sensación de nerviosismo que se hizo mi fiel compañera hace exactamente cuatro años, cuando preparaba las pruebas de Selectividad. Quizá sea una seguridad adquirida con el tiempo, o que ya ni siquiera me aterran los temarios de doscientas páginas. He aprendido a mirar a las letras a los exámenes y a mascullarles entre dientes un “tú no vas a joder mi sueño”. Y por si acaso le quedan dudas, lo ataco con el bolígrafo haciendo que pierda su color blanco puro. La verdad es que es un buen truco.
Pero me asusta haberme vuelto un ser indiferente, tan frío, que se juega todo a cinco cartas y ni siquiera tiene un ligero temblor. ¿Dónde quedan las tardes de angustia, la desesperación que todo estudiante sufre en estas fechas? ¿Acaso no puede salirme algo mal? Claro que sí. Pero no entra dentro de mis opciones.
A todos los que ahora tengáis exámenes, sean finales o tan solo una etapa más, os deseo suerte, aunque eso no tenga nada que ver con aprobar o suspender. Realmente el secreto es tener fe, confianza en uno mismo. Y por si acaso, tampoco viene mal estudiar un poco.
comentarios
  1. danigonzalez dice:

    Hago un copiar y pegar del comentario que te he dejado en la entrada:

    A ver, IBB. Cuando te conocí tu sueño, tu anhelo, era ser arquitecto. Soñabas con planos de ciudades, te maravillaba el urbanismo sostenible y te deleitabas pensando en tu futuro como un Gaudí cualquiera.
    No obstante, los sueños nunca son reales. Esa idílica visión de la arquitectura que tenías deja mucho que desear de la burocratizada universidad pública, donde arquitecttos frustrados descargan su desgracia sobre los pobres alumnos que allí llegan.
    Pero aún hoy tu sueño es ser arquitecto. Estas dudas, ese dolor, no es sino una etapa de confusión en el camino. Todos hemos pasado por ello. A mí me fallaron las fuerzas en mi sueño de ser escritor, pero de nuevo, y gracias a dios, retomé mi sueño con una firme determinacion y una promesa: cumplirlo.
    Es por ello que te animo a no desanimar, a bordear este bache en el camino y seguir en dirección a la meta, no importa si cuesta más o menos, porque cuando estés haciendo lo que de verdad siempre has querido te darás cuenta de que este dolor, el sufrimiento y la frustración merecieron la pena. Y mucho.

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