Conspiración mundial

Publicado: 27 junio, 2010 en Humor
Etiquetas:, ,

Hoy me he dado cuenta de que la sociedad actual está en crisis. Que nuestro mundo está condenado sin remedio a una lenta muerte, y mientras agoniza unos pocos nos enteramos de que todo lo hasta ahora conocido se ha ido a pique. Es algo que me entristece, de veras, pero no le veo solución.
Hoy he ido a una tienda en busca de uno de esos bienes esenciales: un pantalón. Pero no uno cualquiera, sino un pantalón de los de toda la vida, de cremallera, sin botones. Y me he llevado una triste sorpresa al comprobar que ninguno de ellos me satisfacía. ¿Cómo puede ser que de doscientos treinta y un pantalones (sí, los he contado) ni uno solo usase esa maravilla de la evolución que es la cremallera? ¿Dónde queda la Ley de Igualdad? ¿Para eso pago mis impuestos?
Desesperado he ido donde el dependiente, al que he preguntado por tan extraña costumbre. Él no tenía respuesta, al parecer los pantalones le llegan a la puerta por arte de magia y tan sólo tiene que colocarlos en los estantes. Pero poca confianza me inspiraba el mozo, se le notaba sobrio, sin resaca mañanera, y eso que estábamos en sábado. Por tanto he usado el comodín del encargado.
Seguro que los pantalones con cremallera los tienen escondidos en el almacén y hay que pedirlos bajo mano, como si fuese algo ilegal. Con estos tiempos que corren me espero cualquier cosa. Le hice señas secretas al tío, señalando la bragueta y haciendo el movimiento de subir y bajar. Todavía no sé por qué me ha llamado guarro y me ha soltado a los de seguridad.
Está claro que no voy a poder escapar de esta oscura conspiración que nos rodea. Con lo incomodo que es tener que desabrochar botones… En el tiempo que tardas en hacerlo el tío que pasa por debajo de la ventana ya se ha ido. O peor aún, se te escapa la agüita amarilla y ya empiezan a decir los de la cuadrilla del bar “el abuelo ya tiene incontinencia”. Que no, que no me convence la idea de que así no te castras por accidente. Yo quiero mi cremallera.
Pero esto no es sólo en cuestión de ropa. Poco a poco los botones se apoderan de nuestra sociedad y la cambian por completo. Ya hasta para subir a mi casa tengo que usar un maldito botón. Los tengo en fila en el ascensor, riéndose de mí. Un cabrón hasta se ha esmerado en numerarlos por si acaso uno quiere contarlos, para quitarle las ganas. Y claro, yo cabreado los golpeo y de repente se me cierra la puerta y me lleva al tercero. ¡Que yo vivo en el 11! Que no, que eso está hecho para joder. Y a ver quien es el listo que se sube las escaleras.
Peor aún. Imagina que quieres visitar a un amigo. Vas tan contento al portal y te encuentras con el portero automático. Más botones. ¿Cómo aviso yo a mi amigo de que ya he llegado? Ah, con el móvil. Pues no, porque funciona con botones y lo de la marcación con voz no funciona, que el otro día quise llamar al Telepizza y acabé pidiéndole dos carbonaras a mi jefe. Ya la hemos cagado.
Por suerte Iñaki vive en un segundo, así que si grito su nombre hasta la saciedad seguro que se asoma. Y así estoy media hora hasta que me cae una sartén con aceite hirviendo. Si es que… Podían echar por lo menos un poco de helado, que con este calor…
De repente viene un vecino. Ésta es la mía. Con disimulo pongo el pie en la puerta y me cuelo. Con un poco de imaginación todo es sencillo. Corro por las escaleras, llego jadeando y… ¡NO! El timbre es un botón.
¿Y la clásica aldaba? ¿O la campanilla? Nada, que hasta ahí ha llegado la epidemia. Pero uno es borracho sabio y tiene un plan M, o lo que es lo mismo, un martillo con el que aporrear la puerta.
Mucho timbre tendrá Iñaki, pero la puerta es una mierda. Unos agujeros… Y lo peor es que no estaba en casa. Bueno, le he dejado una notita para que sepa que he sido yo el que ha ido a visitarle, que luego se piensa que le odio o algo así y por eso no me paso por su casa.
Confirmado, los botones me han hecho la vida mucho más difícil. Hoy mismo en el curro el jefe me llama al despacho. Yo estaba acojonado, igual algo le ha sentado mal, porque no me trajo las carbonara. Así que cabizbajo me meto en su despacho. Se le notaba el mosqueo. Y va y me suelta que por qué no he entregado el reportaje en el plazo. Pues no, por ahí no paso. A mí no me puede exigir que haga algo que va contra mis principios. Porque me he dado cuenta de que el teclado del ordenador está hecho de botones, camuflados los muy cerdos. Si él quiere el reportaje se lo tengo que dar a mano. Y no es culpa mía que esté escrito sobre servilletas de bar. Cada uno usa lo que tiene a mano…
Ya lo podéis imaginar, despedido por culpa de los botones de marras. Se acabó. Ahora mismo empiezo una guerra abierta contra los botones. Y sé muy bien dónde está el foco de este problema: en los hoteles. Que soy muy listo. Esos tíos que te llevan el equipaje hasta la habitación en realidad son sicarios perversos, y en cuanto te descuidas te cosen botones a la ropa. Si, en mis últimas vacaciones transformaron mis camisetas en camisas, y los gayumbos en tangas. Lo primero me molestó, pero hay que reconocer que la lencería fina es muy cómoda.
Ahora mismo me voy a la calle a liberar a la gente de la opresión de los botones. Les arrancaré la ropa y haré con ella una hoguera. Estoy seguro de que me lo agradecerán. Al fin y al cabo es por su bien.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s