Me confieso. Para algunas cosas soy un ser antisocial. Otros añadirían a esta calificación las palabras “engendro”, “anormal” o “friki”. Pero no puedo reprimirme más. Tengo que reconocerlo.
Seguramente soy el único español, o uno de los pocos, al que no le importa para nada el resultado del partido de la final del mundial de la selección española. No me hierve la sangre cada vez que el equipo contrario se acerca a la portería o arrebata un balón. Tampoco me uno a esos huy!!! o bien!!! que destrozan los tímpanos en los bares abarrotados. Es más, los días de partido huyo de esos sitios en los que hay un televisor. Y no, no soy uno de esos independentistas ni alguien que odia a España con todas sus fuerzas. Simplemente vivo en un mundo en el que las desilusiones me las dan la clase política y las alegrías l@s amig@s, y no un producto comercial como lo es la selección.
Prefiero leer en las páginas del periódico un descenso del paro a ver la noticia a toda plana de un pulpo que para evitar ser servido a la gallega se dedica a pronosticar quién ganará (Paul se llama el bicharraco) o un interesante reportaje sobre el hombre que ha montado una orquesta con vuvuzelas y seguramente espera hacerse de oro con una gira por todas las estaciones de metro de la zona.
En definitiva, vivo en el mundo real, un mundo en el que la crisis no me permite hacerme con el barril Heineken y su dispensador para tener mi birrita fresca. Tampoco puedo hacer acopio de patatas y nachos, he de conformarme con las uñas. Y mucho menos puedo comprarme la equipación de Villa. No digamos ya un plasma de 50 pulgadas. ¿Y viajar a la final por 3.000 €? Estaremos en recesión, depresión y la bolsa estará más hundida que el Titanic, pero eso nada importa, porque durante 90 minutos más prorroga somos los amos del mundo y el cómo pagaremos todo se nos olvida hasta que llega el embargo. No hay dinero para comprar lo necesario, pero para el Mundial hay que echar mano de los ahorros para la universidad de los hijos, ya que ver a la Roja perder (o ganar, que igual San FIFA se porta) una final del mundo tiene precio y no es barato precisamente.
Claro que eso no debe preocupar a los héroes nacionales. Si ganan se embolsan una prima que un Joe Birra normal tarda cincuenta años en ganar. Y si pierden nadie les va a quitar sus multimillonarios sueldos. Por no hablar de los royalties por usar su imagen en prácticamente todos los anuncios que salen en la tele. Si te descuidas la frutería de tu barrio es la frutería oficial de la selección, la que le suministra todas las peras y melones que necesiten. Ah, qué bonito es ganar pasta a costa de los que poco tienen…
¿Y los políticos? Ministros y oposición hablan del mundial conscientes del gancho que tiene eso entre los españoles. Polemizan entre ellos. Alcaldes del PNV desean fervorosamente (y así lo reconocen) que pierda España en un alarde nacionalista.
En definitiva, toda España vive sumida en una duermevela irreal en la que piensan que todos sus males se van a solucionar si España gana el mundial. Y el lunes, de vuelta a la crisis, a la bronca por la Ley del Aborto y a la odisea de pensar cómo vamos a pagar el televisor ahora que Media Markt no nos devuelve el dinero. Nos quedará la resaca, bien de champán para festejar el triunfo o la del whisky para olvidar que de nuevo nos han vapuleado.
Ya lo decían los romanos, pan y circo para la plebe.
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