Sufría a cada segundo la angustia, el miedo, de perder la única razón por la que merecía la pena vivir. Cada jugada le oprimía el corazón, cuando su equipo perdía el balón le hervía la sangre, y ante las injustas decisiones del árbitro estallaba en ataques de rabia que no podía reprimir.
Sólo cuando la pelota impactó contra la red del contrario suspiró con alivio. Por fin pudo abrir una lata de cerveza para festejar la hazaña. Bebió con orgullo, consciente de que ya estaba todo ganado.
Al momento de sonar el pitido final, una vez la prorroga no varió el resultado, saltó sobre el sofá, eufórico, aún sin creer su suerte. Ganadores del mundial. No cabía en sí de gozo.
Por unos instantes olvidó su absoluta soledad, los días encerrado en casa sin tener contacto humano, el difuso panorama laboral que le esperaba. Poco importaban las latas de cerveza que invadían el salón, sumadas a los platos que había olvidado recoger día tras día. Ahora mismo su vida no era una mierda. Había algo que le había hecho ser feliz de nuevo.
Vitoria, 11 de julio de 2010

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