9 de febrero de 2003. Una fecha de la que tengo pocos recuerdos. Sólo sé que por aquel entonces la derecha seguía en el poder, que se decía eso de “España va bien” y todos celebraban el milagro económico de Aznar como los españolitos lo hicieron con el desarrollismo franquista. Ese día un genio de las letras publicó en una revista una reflexión profunda, como suele ser habitual en él. Arturo Pérez-Reverte denunciaba la precariedad laboral de los jóvenes recién salidos del horno universitario y de las aulas de los masters. Si me apuras, de los chavales que eran expulsados a patadas de empresas sin escrúpulos cuando su sangre no servía para engrasar la oscura maquinaria. Acordaros bien del año cuando lo leáis. 2003.
Porque cuando este texto me llegó vía Tuenti (puro milagro, por fin un evento con algo inteligente, yo ni me lo creía) el subconsciente me hizo pensar, fíjate tú, que era el artículo de este fin de semana. Y es que la situación, la crítica que hace, podría publicarse hoy mismo sin cambiar una sola coma, y tendría el mismo efecto o más que en su día. Por ello me maravillo de la visión profética del creador de Alatriste. Es lo que yo llamo visión de futuro. O quizá…
Quizá poco o nada ha cambiado desde 2003. Tal vez los jóvenes seamos la última mierda para esta sociedad salvo a la hora de dejarnos hasta el último céntimo en clases de ostias en vinagre que adornen el currículum, o en carreras y masters cuyos títulos servirán para tapar las grietas del arco del puente que compartamos con los compañeros de promoción o de curro. O, como diría Florencio Martínez, la puta base, la nueva generación de esclavos permitidos por ley en condición de becarios, muchas veces sin compensación económica, otras veces con la cortesía de unos céntimos por hora.
Me pregunto dónde se estudia para ser un patrón, un empresario que salga de la universidad con su propia empresa (a ser posible multinacional) bajo el brazo y a pleno rendimiento. Igual hay que vender el alma al diablo, porque este tipo de personas son desalmados sin escrúpulos.
Pero el problema no es de la sociedad. Es del becario que traga lo que haga falta, permite que lo exploten y se marcha al baño para llorar a escondidas. De todos ellos, yo incluido, que disfruto de cada jornada de trabajo porque sé que me queda un mes y ocho días. Nosotros somos los culpables, como insinúa Reverte, de seguir creyendo en los currículums en vez de en el cóctel molotov.

La mochila y el currículum

Arturo Pérez-Reverte

Llueve a ratos, y Madrid está frío y desapacible. Pasan paraguas al otro lado del escaparate de la librería de mi amigo Antonio Méndez, el librero de la calle Mayor. Estamos allí de charla, fumando un pitillo rodeados de libros mientras Alberto, el empleado flaco, alto y tranquilo, que no ha leído una novela mía en su vida ni piensa hacerlo -«ni falta que me hace», suele gruñirme el cabrón- ordena las últimas novedades. En ésas entra un chico joven con una mochila a la espalda, y se queda un poco aparte, el aire tímido, esperando a que Antonio y yo hagamos una pausa en la conversación. Al fin, en voz muy baja, le pregunta a Antonio si puede dejarle un currículum. Claro, responde el librero. Déjamelo. Y entonces el chico saca de la mochila un mazo de folios, cada uno con su foto de carné grapada, y le entrega uno. Muchas gracias, murmura, con la misma timidez de antes. Si alguna vez tiene trabajo para mí, empieza a decir. Luego se calla. Sonríe un poco, lo mete todo de nuevo en la mochila y sale a la calle, bajo la lluvia. Antonio me mira, grave. Vienen por docenas, dice. Chicos y chicas jóvenes. Cada uno con su currículum. Y no puedes imaginarte de qué nivel. Licenciados en esto y aquello, cursos en el extranjero, idiomas. Y ya ves. Hay que joderse.

Le cojo el folio de la mano. Fulano de Tal, nacido en 1976. Licenciado en Historia, cursos de esto y lo otro en París y en Italia. Tres idiomas. Lugares, empresas, fechas. Cuento hasta siete trabajos basura, de ésos de tres o seis meses y luego a la calle. Miro la foto de carnet: un apunte de sonrisa, mirada confiada, tal vez de esperanza. Luego echo un vistazo al otro lado del escaparate, pero el joven ha desaparecido ya entre los paraguas, bajo la lluvia. Estará, supongo, entrando en otras tiendas, en otras librerías o en donde sea, sacando su conmovedor currículum de la mochila. Le devuelvo el papel a Antonio, que se encoge de hombros, impotente, y lo guarda en un cajón. Él mismo tuvo que despedir hace poco a un empleado, incapaz de pagar dos sueldos tal y como está el patio. Antes de que cierre el cajón, alcanzo a ver más fotos de carnet grapadas a folios: chicos y chicas jóvenes con la misma mirada y la misma sonrisa a punto de borrárseles de la boca.


España va bien y todo eso, me digo. La puta España. De pronto la tristeza se me desliza dentro como gotas frías, y el día se vuelve más desapacible y gris. Qué estamos haciendo con ellos, Maldita sea. Con estos chicos. Antonio me mira y enciende otro cigarrillo. Sé que piensa lo mismo. En qué estamos convirtiendo a todos esos jóvenes de la mochila, que tras la ilusión de unos estudios y una carrera, tras los sueños y el esfuerzo, se ven recorriendo la calle repartiendo currículum en los que dejan los últimos restos de esperanza. Licenciados en Historia o en lo que sea, ocho años de EGB, cinco de formación profesional, cursos, sacrificios personales y familiares para aprender idiomas en academias que quiebran y te dejan tirado tras pagar la matrícula. Indefensión, trampas, ratoneras sin salida, empresarios sin escrúpulos que te exprimen antes de devolverte a la calle, políticos que miran hacia otro lado o lo adornan de bonito, sindicatos con más demagogia y apoltronamiento que vergüenza. Trabajos basura, desempleos basura, currículums basura. Y cuando el milagro se produce, es con la exigencia de que estés dispuesto a todo: puta de taller, puta de empresa, boca cerrada para sobrevivir hasta que te echen; y si tienes buen culo, a ser posible, deja que el jefe te lo sobe. Aun así, chaval, chavala, tienes que dar las gracias por los cambios de turno arbitrarios, los fines de semana trabajados, las seiscientas horas extras al año de las que sólo ochenta figuran como tales en la nómina. Y si encima pretendes mantener una familia y pagar un piso date con un canto en los dientes de que no te sodomicen gratis. Flexibilidad laboral, lo llaman Y gracias a la flexibilidad de los cojones se han generado, dice el portavoz gubernamental de turno tropecientos mil empleos más, y somos luz y fan de Europa. Guau. Gracias a eso, también, un chaval de veintipocos años puede disfrutar de la excitante experiencia de conocer ocho empleos de chichinabo en tres o cuatro años, y al cabo verse el la calle con la mochila, buscándose la vida bajo la lluvia. Partiendo una y otra vez de cero. Flexibilidad laboral. Rediós. Cuánto eufemismo y cuánta mierda. A ver qué pasa cuando, de tanto flexionarlo, se rompa el tinglado y se vaya todo al carajo, y en vez de currículums lo que ese chico lleve en la mochila sean cócteles molotov.

9 de febrero de 2003

Anuncios
comentarios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s