Publicado: 26 septiembre, 2010 en Relatos
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La suave melodía que se filtraba por los altavoces ocultos no hacía sino acentuar esa sensación de inseguridad. Un tranquilo vals acompañaba el tintineo del tenedor, el débil murmullo del resto de comensales, haciendo que esa noche fuera más especial.
No sé cuántas personas percibían ese detalle, quién estaba, como yo, atento a cada acorde. Me maldije por estar pensando en esas nimiedades cuando tenía frente a mí, por fin, un ángel. Pero lo cierto es que el incomodo silencio que nos embriagaba hacía casi obligatorio reparar en esas pequeñas cosas.
Volví a mirarte con disimulo, fingiendo que escrutaba la salsa roquefort. Me pareció que retirabas la mirada, como si te hubiese descubierto en un dulce delito que querías ocultar al mundo. Te comprendía muy bien. Ese pequeño rubor en tus mejillas era similar al que había aparecido en las mías al rozar tu mano mientras cogía el pan.
Por el rabillo del ojo recorrí ese dulce óvalo, perdiéndome en la comisura de tus labios, deteniéndome en la punta de esa naricita respingona, y admirando esos ojos enmarcados por el rimel, intentando encontrar mi reflejo en tus pupilas. Reprimí el deseo de acariciar tu corta melena, de seguir el camino por tu cara, hasta dejarla descansar en la nuca, acercándome lentamente para robarte un poco de ese carmín.
No sabía qué decir, aunque poco importaba eso. Mi acostumbrada locuacidad parecía haberse esfumado en el momento decisivo, en la noche en la que todo se jugaba a una carta. Era consciente de que estaba retrasando lo inevitable, incapaz de decir esas palabras que durante todo el día habían revoloteado por mi mente.
Pero también sabía que tú lo sabías. No podías engañarme, se veía en ese brillo que, como las brasas de la chimenea, daba calor a tu mirada. Estabas esperando a que yo diera el paso, temblando mientras cogías el tenedor, impaciente por darme tu respuesta.
Era irónico que ninguno quisiera romper el hielo. Con la de horas que habíamos compartido con la excusa de tomar un café, charlando hasta que los posos descubrían nuestra coartada, y ahora nos habíamos quedado sin voz.
Conocía cada detalle de tu vida, no había nada que tú no supieras de la mía. Incluso creo que te diste cuenta de lo que yo sentía desde el día en que me regalaste aquella sonrisa, haciendo que desapareciera mi timidez y me sincerase.
¿Tan difícil era decirte “te quiero”? ¿Por qué me consumían las dudas? ¿Acaso no confiaba en mí mismo? Había elegido ese restaurante con la intención de sacar de mi corazón todas esas promesas que ahora, sin embargo, se me atragantaban, haciendo de mi copa un recurso sobrevalorado. ¿No era el momento?
Y entonces me di cuenta. No era aquí ni ahora, sino después, mientras paseáramos por la orilla de la Ría, justo en el momento en el que estuviéramos por la mitad del Zubi zuri. Yo te cogería de las manos, me pondría frente a ti, y te explicaría lo mucho que habías cambiado mi vida, todo lo que habías hecho florecer en mi interior. Te miraría a los ojos, y después, cuando hubieras asentido con una cálida sonrisa, me acercaría para rozar tus labios, mientras mis brazos te mecían en un dulce abrazo.
Sin duda era el mejor postre para acabar la noche, contar las estrellas cogidos de la mano.
Vitoria, 1 de marzo de 2010
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comentarios
  1. que romántico eres y aún asi… ¿no crees en el amor? No puedo imaginar como alguien con esta sensibilidad, con esta forma de contar el amor no crea en él… creo, desde mi más sincera opinión, que te pones una máscara para que no llegue a ti. Pero llegará, cuando menos te lo esperas. Y dime, cuando llegue, ¿le dejarás pasar?

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