Cuando me convertí en señor

Publicado: 12 octubre, 2010 en Divagaciones
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Era el preludio de una oscura noche de verano. Yo acompañaba a una compañera de trabajo a hacer unas compras en el Carrefour Express. Entramos en el comercio, y, cuando ya estaba a punto de pasar al interior, oi a mis espaldas cómo alguien me llamaba. “¡Señor!”, dijo la voz, tímida al principio. No me di la vuelta, pues no pensé que se refiriese a mí. Pero insistió, de tal forma que al final me di por aludido.
En un principio no reconocí al chaval que me llamaba mientras sujetaba con su mano una bolsa cargada con los útiles del botellón. ¿Querría pedirme algo? El alcohol ya lo tenía, así que no era una súplica para que le sacase ron de contrabando. “¿Se acuerda de mí?”, dijo sin perder la educación. Me costaba ubicarlo, encontrar el motivo que nos unía. Fue él quién disipó mis dudas.
A aquel adolescente lo había entrevistado fugazmente un par de semanas antes para un reportaje sobre lonjas juveniles. Él quería preguntarme cuándo iba a salir la noticia, ya que ésta había acabado guardada en la nevera en espera de un espacio sin nada que llenar. Por suerte, en la edición del día siguiente estaba el texto. Le expliqué que mañana lo tendría, y se fue con indisimulada alegría.
Verle marchar con su cuadrilla me hizo pensar. ¿Cómo podía llamarme señor cuando tan solo nos separaban cinco años? Me sumí en un estado melancólico, sintiendo el peso de mis 21 años con más fuerza. Sus ojos, todavía sumidos en la fresca juventud, me clasificaban muy lejos de la adolescencia, relegándome al status de adulto que, se supone, no alcanzaré hasta los 30.
Me dolió, he de reconocerlo, pero no le di más vueltas hasta hace unas semanas, en plenas fiestas de Salvatierra. Acababa de conocer a un joven con mi mismo problema: le echaban más años de los que verdaderamente tenía. Empezamos el cruce de edades, y me asustó su respuesta. Él, a sus diecisiete primaveras, creía que yo tenía 27. De nuevo el amargo recuerdo de aquella noche me hizo sentirme viejo. Pero la persona que acabó de rematarme fue una amiga, a la que conozco desde hace más de un año.
– Pero, ¿cuántos tienes?
– ¿Eh? ¿Tú cuántos me echarías?
– Pues veinticinco.
Mi rostro le hizo darse cuenta de su error. Escuchó con incredulidad mi verdadera edad, mientras yo callaba, dolido. Finalmente, fue su explicación la que me animó un poco más.
Al parecer, aparento más edad de la que tengo por mi forma de pensar y de actuar. Es decir, que soy más “responsable” que una persona de 21 años. Yo me atrevería a decir que quizá más irónico o cínico, pero lo cierto es que ella tenía mucha razón. Mis reflexiones son mucho más profundas de lo que cabría esperar para mi edad. Aún me aferro a una serie de valores, algunos caducos. Sí, sin duda debería tener, al menos, veinticinco años.
Pero eso sí, ¡¡¡TODAVÍA NO SOY UN SEÑOR!!! Me he quedado en truhán.
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comentarios
  1. stefany soy atea y muerdo dice:

    u.u yo voy a cumplir 21

  2. Dani, yo creo que por eso es por lo que te echan más edad, porque eres muy responsable. Pero estos te ven un día de fiesta y te bajan la edad a la de ya !! jajaja

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