Vivía una vida robada a incautos, gente confiada que creía sus mentiras y le permitía alimentarse de sus recuerdos. Ninguno de ellos conocía su verdadero nombre, pero él lo sabía todo de sus víctimas: los lugares por donde pasaban, quiénes eran sus amigos, hasta los secretos más íntimos de alguno de ellos.
Pasaba las horas frente al ordenador, perdiéndose en los escotes de las fotos, devolviendo la sonrisa a quienes habían sido inmortalizados ebrios, viéndose a si mismo entre ellos, como un miembro más de la cuadrilla, un amante secreto… Allí tenía su lugar.
Todo ello le servía para evadirse de una vida miserable que no quería vivir, para combatir la soledad, esa sensación a la que tanto miedo tenía. En la penumbra de su cuarto se negaba a ser él mismo, disfrutando de la mentira que tan sabiamente había construido.
Nunca se le había ocurrido que algo tan sencillo pudiese hacerle tan feliz. Durante años había mendigado algo de afecto sin obtener nada más que la fría indiferencia, adornada en ocasiones con la burla más cruel. Y, por fin, una tarde descubrió la luz al final del túnel, y sonrío por primera vez en mucho tiempo.
Ese día descubrió Tuenti.
Vitoria, 11 de noviembre de 2010

 

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