Colas

Publicado: 20 noviembre, 2010 en Divagaciones
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Una de las cosas que más odio en esta vida es tener que hacer cola. Ojo, no me refiero al simple hecho de esperar mi turno, algo que ya he asumido, sino esas largas colas que no avanzan por culpa de la típica persona que la ralentiza a más no poder, ya sea la que cobra a los clientes o alguien cargado de dudas, que necesita que se lo expliquen todo y que además necesita su tiempo para reflexionar.
Seguro que más de uno de vosotros se desespera ante estas situaciones, que siguiendo la ley de Murphy suelen surgir cuando se tiene mucha prisa. Es como si el destino quisiera castigarnos obligándonos a perder nuestro preciado tiempo escuchando una sarta de sandeces mientras tanto el grueso de la fila como la propia dependienta se ponen de los nervios, unos por la espera y la otra por la presión.
Me pasó ayer en una tienda de telefonía móvil, a donde acudí para informarme de la nueva tarifa de Euskaltel, un chollo de esos que seguramente esconde mil pegas. Nada más entrar, con el tiempo justo, me di cuenta de que en vez del vacío acostumbrado había por lo menos seis personas esperando religiosamente (digo esto porque estoy seguro de que rezaban para que les llegase su hora) su turno. Mirando el reloj con desagrado, me dispuse a esperar, asumiendo que llegaría tarde a mi compromiso, algo que ya estaba advertido de antemano. “Será cosa de siete minutos”, pensé como un iluso.
Porque encabezando la cola no estaba una, sino tres de esas personas de dura mollera, cabezonería innata y aversión a las nuevas tecnologías. Se trababa de un matrimonio de avanzada edad y de su hija, de mediana edad. Al parecer, la hija acompañaba a sus progenitores para renovar el móvil de su santa madre, y como la pareja apenas entendía del tema, ella iba de interlocutora. Pero claro, la ignorancia sobre tarifas, terminales y recargas también le afectaba a ella, y no tenía preparada una batería de preguntas concretas.
Era como un partido de tenis de a tres. La dependienta exponía las ofertas y tarifas, la mujer encajaba el revés y se lo explicaba a su anciana madre, que no entendía nada, y era necesaria de nuevo la intervención de la dependienta. Una vez hecho este proceso, llegó el momento del “pero es que…” para poner mil y una pegas a lo que les ofrecían, esperando acaso que Euskaltel les ofreciese una promoción exclusiva sólo para ellas.
La gente de la cola se miraba entre sí, y empezaban a aflorar los instintos homicidas. La chica de detrás del mostrador quería llorar, pero las normas de la empresa se lo impedían. Y yo veía correr el minutero.
De repente, los cielos se abrieron, porque la dependienta se puso a explicarles la nueva tarifa. Puse oreja y me enteré de las condiciones, bastante buenas en principio. Ya tenía lo que había ido a buscar, un cuatro de hora después de entrar en el comercio. Si me quedaba a resolver un par de asuntos más, seguro que perdía una hora más, así que me fui con una sonrisa de satisfacción y el deseo reprimido de espetar algo al trío dudoso.
He de reconocer que me cuesta asumir la naturaleza humana, y que a veces soy poco tolerante con las personas. Este post lo demuestra. Pero también me gustaría recalcar que perdí la oportunidad de disfrutar de la vida durante quince minutos, y eso es una pérdida irreparable.

 

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