La viga en el ojo ajeno

Publicado: 7 diciembre, 2010 en Reflexión
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La crítica. Ese instrumento tan maravillosamente inventado para arremeter contra todo lo que no nos gusta, nos parece mal o inmoral. Adorada por todos y temida por muchos. Quien tenga un buen don de lenguas sabrá cómo enriquecer la suya y llevarla, con un poco de ayuda, al recuerdo colectivo. Algo indispensable en una sociedad imperfecta llena de seres imperfectos. Y, también, difícil de asumir.
¿Por qué difícil de asumir? Porque muchas personas son incapaces de aceptar las cosas que se les achacan, buscando evasivas o huyendo simplemente de la pura verdad, creyendo que quien les critica, o intenta hacerles entrar en razón ante un hecho, delira o miente como un bellaco.
Nadie está libre de pecado en esta vida, nadie se libra de una reprobación por un comentario, un acto, un pensamiento. Pero muchas veces el ego nos hace rechazar las palabras de esa otra persona y considerarla un enemigo, pensando en las dos vigas que le atraviesan sus pupilas, sin darnos cuenta de que también tenemos los cimientos de un imponente rascacielos en nuestra mirada.
A mí siempre me ha gustado responder a estas críticas con argumentos más o menos sólidos, si es que los hay, que en la mayoría de las ocasiones es el caso. Me enseñaron a rebatir y pensar con un criterio propio y es lo que me gusta hacer. Y mucha gente me lo pone fácil, ya que en su afán de dañar se dejan llevar por el odio y expulsan por su boca un sinfín de improperios no argumentados que le dejan, ya de primeras, sin una base sólida. Es el caso de Lucho en un comentario en el post de Chiquitita de este blog en el que expresaba de esta forma su rechazo a mi escrito:

Una cagada el post, no es informativo ni imparcial, en fin. Una mierda el blog. Pendenciero y altanero, digno de un programa barato de ‘chimentos’.
Adios.

Respondí a esta crítica con buenos argumentos que aquí el amigo no habrá leído. Y me di cuenta de que al final la gente, tan ensimismada en su verdad, en su creencia, es incapaz de aceptar lo que el otro dice, y mostrando una descomunal cabezonería evitan que el otro les responda con pequeñas artimañas. Tirar la piedra y esconder la mano, cerrando los oídos para no oír el grito de dolor del que ha recibido la pedrada.
Lo peor es cuando la persona con la que intentas razonar no es alguien desconocido, sino una persona a la que aprecias, y a la que en vez de poner en evidencia intentas que varíe una conducta errática o se retracte de algo, y esa persona es incapaz de asumir que hay alternativas, que ciertas cosas no se pueden hacer, y aparte de desesperarte intentando esgrimir unos argumentos te hundes pensando en cómo es incapaz de aceptar que no tiene la razón.

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