A falta de alguna gran hazaña o algo más espectacular con lo que cerrar el año, España vuelve a batir uno de esos records que nadie quiere alcanzar: el de mujeres asesinadas por culpa de la violencia de género. Esta lacra ya ha superado la triste marca de 2009 y, a día de hoy, se ha cobrado setenta y una vidas.
Llega un momento en el que parece inútil buscar una explicación, y en vez de intentar achacarlo a una infancia marcada por el machismo o a venir de una cultura en la que el papel de  la mujer queda relegado a la voluntad del hombre -no tiene por que ser sólo la musulmana- te das cuenta de que tan solo se trata de la maldad humana, ese recurso que desde tiempos inmemoriales la gente usa para ocultar su cobardía, sus miedos, ese sentimiento de inferioridad que hace que se ensañen con la persona más débil. El papel de macho dominante de quienes tienen una mente tan retrograda como aquellos que en cierta ocasión pintarrajearon las paredes de su cueva.
Lo peor es que estas setenta y una muertes se han registrado ante la pasividad, o ineficacia, de las autoridades competentes, es decir, tanto los jueces como la policía. Si a los segundos no se les puede echar mucho la culpa porque carecen de efectivos y de medios para proteger a las mujeres, es con los jueces con los que deberíamos ser más críticos, ya que en muchos casos no ponen excesivo celo o dudan de la credibilidad de las víctimas, derivando el tema a otras instancias, librándose de la carga del trabajo y esperando a que esa misma mujer aparezca de nuevo en un informe, tal vez el de su asesinato.
Pero, ¿cómo definir una ley que evite que a estos canallas se les crucen los cables? Ellos gozan de la impunidad que les brinda la presunción de inocencia o el miedo de sus víctimas. Esto demuestra lo desamparadas que están quienes denuncian, sabiendo que en cuanto él salga a la calle puede querer vengarse, y un papel que le prohíbe acercarse a tantos metros no va a servir para impedírselo.
Aunque quizá lo que más me duele de este asunto es que hay víctimas que no huyen de estos malos tratos por el amor que profesan a su agresor. En una ocasión tuve la mala suerte de tener que entrevistar a una chica joven que el día anterior había sido agredida brutalmente por su ex. Era la primera vez que le pegaba, pero llevaba más de un año maltratándola psíquicamente. Y, mientras hacía la entrevista, ella me dijo que sentía lástima por él. No odio, ni desprecio. Lástima. Seguía buscando una razón para justificar su comportamiento, y a pesar de todo, seguía sufriendo por él.
Triste.

 

 

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