Hora pu(n)ta

Publicado: 23 diciembre, 2010 en Divagaciones
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A falta de menos de un día para que comiencen las fiestas navideñas, los vitorianos celebran hoy el segundo aniversario de uno de los acontecimientos que más ha repercutido en la ciudad: la puesta en marcha del tranvía. Y quienes llevan dos años usando este servicio no han dudado en sumarse a la fiesta y validar sus tarjetas para entrar dentro del carismático gusano verde.
El problema viene cuando la euforia es tal, o las gotas de lluvia son demasiadas, que todo el mundo desea subirse al tren de la felicidad. Y claro, el tranvía puede que sea más grande que el de Bilbao, pero tampoco tiene espacio para albergar a tantas personas, por lo que, como tantas veces atrás, sus vagones se han vuelto a colapsar, atrapando a centenares de personas en una agobiante masa humana en la que todo eran codazos, quejas y rabia acumulada.
Ya en la tercera parada desde que salió de Angulema empezó a notarse la falta de espacio, una sensación de opresión en todas las zonas que indicaba que ya no había más hueco libre. Las sillitas de niño se acumulaban en las entradas ante la desesperación colectiva. Aun así, todavía se podía respirar sin dificultades.
Pero el problema seguía a cada parada, donde los usuarios, en vez de plantearse esperar al siguiente, decidían que ahí dentro tenían su hueco. Fue entonces cuando el contacto corporal se convirtió en algo obligado y las estrecheces aumentaron.
Llegó la temida parada en el Europa, y allí al flujo de pasajeros de a píe le siguió la portadora de la discordia, haciendo gala de su incivismo y mala leche mientras intentaba meter a presión una sillita de crío. A pesar de que los oprimidos viajeros le decían que no cabía, ella insistía entre gritos de “no voy a esperar más” y órdenes de “váyanse para dentro”, mientras empujaba con rabia. Con sus dos manos, su pareja impedía que las puertas se cerrasen mientras ella aumentaba la crispación. “¿Adonde quiere que vayamos, si no hay hueco?”, le espetó una usuaria, aunque no le escucharon. Tras dos minutos de forcejeos consiguió hacerse hueco, a costa de reducir a las personas a meros archivos comprimidos en zip.
Yo, desde el otro lado de la puerta, embutido contra la pared por la marea humana, tomé una determinación. La siguiente parada sería la última. Aproveché que en esa ocasión se abrirían las puertas contra las que me empujaba la gente, y me zafé de semejante agobio, antes de que mis impulsos homicidas me hicieran dejar huérfano al pobre niño que lloraba en la sillita, asustado por los gritos y las embestidas de su madre.
No fui el único que desertó, aunque seguramente quienes se bajaron no tendrían que recorrer quince minutos bajo la lluvia hasta llegar a casa. Quise gritar algo así como “a la puta mierda” al bajar, pero me faltaba el aliento.
En fin, que después de dos años, no pienso hacer más el tonto. A la mierda el transporte público.

 

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