Aquel periodista que se adentra libreta en mano en un mundo de caos y locura, con la adrenalina al máximo nivel, nunca olvida esa experiencia. Todo lo que pasa por sus ojos se graba en su memoria con la misma facilidad con la que cobra vida en inteligibles garabatos sobre el papel, y esas escenas se repiten en su mente en cuanto tienen ocasión. Algunas pueden llegar a convertirse en horrendas pesadillas que ni siquiera el alcohol consigue apagar, pero otras se convierten en divertidas anécdotas. Claro que eso depende de cuál sea la situación que el reportero ha vivido.
Eso fue lo que me pasó ayer a mi al sumergirme en la labor de reportero de guerra en una de sus modalidades más tranquilas: la de acompañamiento de piquetes en plena huelga. Vitoria se convirtió en el escenario de las protestas de las dependientas de los comercios textiles el primer día de rebajas, y a un servidor le tocó cubrir las protestas.
Quien me reproche comparar los riesgos del periodismo de guerra con una simple huelga no ha vivido esos momentos en los que la tensión se palpa en el aire mientras se sucede una escena que desde fuera se antoja divertida, o al menos irónica. Envolverse en una multitud de más de cien personas que usaban silbatos, megáfonos o sus propias gargantas para poner la banda sonora a su lucha emulaba el fragor del combate. Entrar con la masa en los comercios y ver la cara de los clientes ante semejante invasión era todo un lujo.
Claro que así lo puede percibir quien estuviera al margen, porque para ellas la situación era bien distinta. Rodeadas por agentes de la sección de antidisturbios de la Ertzaintza, las pobres dependientas y los familiares que les acompañaban tenían que reunir mucho valor para seguir haciendo la ruta por la milla de oro de la capital alavesa o los pasillos de El Boulevard. Esta guerrilla no se acobardó en ningún momento, creían en su lucha, confiaban en la fuerza de su causa y querían extender su mensaje a quienes acudían a la caza de gangas.
Y, de repente, verte rodeado por cientos de espectadores, mientras los agentes salen de un furgón, con el tranvía atascado entre dos vehículos policiales, en esa calle que nunca has visto tan llena ni tan ruidosa, te hace recordar las batallas campales, salvo que aquí no hay ningún tipo de violencia. Coger en ese ambiente notas a toda velocidad, captar comentarios, mirar a todas partes para reflejar hasta el último detalle de la escena, ésa es sin duda la droga que alimenta a los periodistas.
Queridos lectores, ayer volví a encontrarme con mi vocación dentro de ese meollo. Recordé de nuevo la razón por la cual me hice periodista.

 

 

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