Le vio de refilón al doblar una esquina. Parecía una persona normal, pero el brillo de su mirada fija, penetrante, le alertó del peligro. Aquellos dos ojos recorrían cada centímetro de su cuerpo, le estudiaban a pesar de los metros que les separaban. El escalofrío terminó de convencerle de que aquel no era un lugar seguro.
Aceleró el paso maldiciendo la soledad de aquellas calles. Nadie solía escoger ese camino a altas horas de la noche, nadie salvo quien estaba demasiado loco, adoraba el peligro o buscaba emociones demasiado fuertes. O, como era su caso, que buscaba un atajo. La tenue luz de las farolas creaba sombras en cada portal vacío, y en las lunas de los coches se intuían sombras irreales. Pero él sabía que todo eso era fruto de su imaginación. Su perseguidor, al contrario, era muy real.
Oía sus pasos sobre las baldosas, un ritmo tranquilo pero demasiado ruidoso, marcado con la intención de intimidar, de recordar constantemente su presencia. Estoy tras de ti, parecía decir el repiqueteo.
¿Cuáles eran sus intenciones? ¿Tardaría mucho en alcanzarle? El sudor corría por su frente mientras en su pecho el corazón pugnaba por salirse, pidiendo a gritos al cuerpo que siguiera su ritmo.
A pesar del miedo, reunió valor y sacó fuerzas para iniciar la carrera. Sus pies consiguieron hacerle volar mientras atravesaba pasos de cebra, esquivaba árboles y papeleras, sin mirar atrás en ningún momento. Sentía que se quedaba sin aliento, el resuello de su respiración le impedía oir si su acosador también corría tras él. Tampoco le importaba mucho, porque sabía que su meta se encontraba cerca. A dos manzanas la carretera cobraba vida. Por ella circulaban algunos coches, a pesar de la hora. Si conseguía alcanzarla, parar algún coche, pedir ayuda…
Un agudo pinchazo ralentizó su ritmo hasta convertirlo en pasos lentos. La falta de ejercicio había pasado factura a todo ese esfuerzo. Necesitaba parar, sólo unos segundos, mientras cogía fuerzas para seguir ese corto tramo. Habría sido rápido, seguro que lo había dejado atrás.
Más confiado, inició de nuevo su marcha. Faltaba poco para rebasar el edificio, para correr los veinte metros que le separaban de la salvación, y se sentía libre. Intentó esbozar una sonrisa. Ya casi lo tenía…
De repente, al pasar por la esquina, alguien se abalanzó sobre él. El susto le hizo detenerse mientras la sombra se colocaba delante. Quiso empujarle, pero estaba paralizado por la mera visión de esos ojos que, por desgracia, ya había visto antes. El mismo brillo de la locura mientras fingía sonreír, acercándose lentamente, buscando en el interior de su cazadora algo que, sin duda, acabaría con su vida.
– ¿Me compras un boleto?
Aquellas palabras le sorprendieron. ¿Era la última burla antes de atestarle el golpe fatal? Miró su mano: en ella descansaba un taco de papeletas numeradas. Fiestas de Abetxuko, pudo leer. ¿En serio…?
– Un euro. – Exclamó aquel acosador, la mano abierta para recibir la moneda.
Vitoria, 26 de febrero de 2011

 

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