Depredadores de periódicos

Publicado: 28 febrero, 2011 en Denuncia, Periodismo, Reflexión
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Quienes vivimos de la venta de periódicos –aunque sea de forma indirecta y gracias a llenar sus páginas con contenidos– sabemos lo importante que es ver nuestra mancheta circular por la calle. Cada ejemplar vendido es un ‘soldado’ más en la imparable batalla contra la competencia. La distancia en el número de ventas es lo que diferencia a un periódico de otro, ya que muestra la confianza de los ciudadanos en quienes se encargan de sacarlo día a día.
Sin embargo, soy el primero que no duda en reconocer que desembolsar un euro veinte todos los días –1,5 el sábado y dos y pico el domingo– es algo doloroso, máxime si durante unos meses has estado recibiendo gratis el mismo producto a diario. Ahí es cuando el periodista-colaborador entra en un debate moral en el que se mezcla la fidelidad a su empresa y el efecto de la crisis, a lo que se le añade la necesidad de estar informado de lo que pasa tanto en la ciudad como en el resto del mundo.
Decidí buscar una solución a este dilema, y acabé convirtiéndome en uno de esos ‘depredadores de periódicos’ que por el precio de un café se apoderan del ejemplar adquirido por el bar y se lo leen de cabo a rabo. De esa forma condensaba dos desembolsos en uno solo y disfrutaba de un buen momento de desconexión.
Quien pueda pensar que esto es una traición descarada está equivocado, ya que esta especie urbana es a la vez odiada y querida por los medios de comunicación. En el flujo de ventas se nota su ausencia, pero después, en las encuestas que se realizan periódicamente, todas estas personas cuentan como lectores de esa cabecera, lo que permite contabilizar un público objetivo mayor que el número de ventas. Y quienes insertan publicidad se fijan precisamente en el volumen de lectores y no en quienes se gastan euro y pico en el periódico.
Claro que ser depredador de periódico tiene sus desventajas, y una de ellas es que otro compadre ya haya cazado tu presa. Es entonces cuando te resignas a una espera entre pequeños sorbos de café, con cuidado de no terminarte tu excusa antes de tiempo y con miradas poco discretas e intimidatorias a quien se te ha adelantado. La lucha en la manada.
En mi defensa he de reconocer que más o menos la mitad de los días de la semana bajo al kiosco a por mi ejemplar, lo que no exime de que ya me conozcan en algunos bares por mis rápidas miradas en busca del periódico nada más entrar por la puerta. De hecho, hasta tengo mi bar predilecto.
Pero en esta especie devoradora de papel impreso hay diferentes categorías. Es decir, que estamos los que pagamos por disfrutar de un rato ameno con nuestra víctima y quienes no dudan en caer en la más absoluta chabacanería con tal de ahorrarse el precio del ejemplar. Quiero poner un ejemplo de estas actitudes.
Al periódico del bar al que voy habitualmente suele faltarle el cupón de las promociones, que alguien recorta manualmente de la última página. Hasta hace unos días yo pensaba que era cosa de quienes regentan el establecimiento, pero hace poco descubrí que no es así. Acababa de terminar el café/lectura del periódico y estaba recogiendo la mesa cuando vi entrar a una mujer ya mayor al local y dirigirse rauda a por el ejemplar abandonado. Lo tomó en sus manos con ansiedad y fue derecha a la trasera, de donde arrancó el cupón de una promoción de tuppers. Con él en la mano, sonrisa triunfal y mirada de desdén, volvió a cruzar la puerta, dejando a este narrador atónito y pensativo.
¿Dónde quedan los límites de la decencia y la educación?

 

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