¿La salvación del cine español?

Publicado: 11 marzo, 2011 en Actualidad, Cine
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Por primera vez desde que este país conoció la peor desgracia que se pueda sufrir, este once de marzo no voy a hacer un homenaje en un blog a las más de doscientas víctimas de este sangriento ataque terrorista. Me hubiera gustado, y estoy seguro de que lo merecen mucho más que la basura sobre la que voy a verter mi crítica, pero es que a los olvidadizos oportunistas y corrompedores de fechas hay que replicarles en el momento justo.
Con esta sarta de insultos quiero señalar al ‘salvador’ del cine patrio, al actor, productor, director y guionista Santiago Segura, y a su doble personalidad, ese ser retrógrado, antisocial, despreciable, nauseabundo… ese tal Torrente.
Después de gastar parte de los adjetivos negativos del diccionario, me gustaría argumentar el hecho de ir contracorriente del resto de los españolitos. Porque toda crítica, incluso sin haber visto la película –pecado mortal para cualquiera que quiera opinar sobre algo, pero que cuenta con una bula absolutoria llamada principios– debe basarse en unos hechos. Y por eso voy a explayarme.
Resulta que para hacer taquilla en España con una película con sello nacional ya no basta con tener buenos actores y un guión bien construido (véase ‘La habitación de Fermat’), es más, lo recomendable es que carezca de estos dos elementos y en su defecto se ponga mujeres desnudas, diálogos denigrantes, obscenos y soeces y se busque caras conocidas, famosas precisamente por ser lastres sociales y aladides de la incultura. Todo esto en el mismo producto sólo puede tener un nombre: Torrente. Da igual que sea la primera o la cuarta entrega, aunque hay que reconocer que las nuevas entregas consiguen superar a las anteriores en degeneración. Todas ellas son iguales.
Pero lo peor no es que haya un enfermo que se decida a producir sus propias fantasías eróticas en este pseudoporno barato, sino que sus películas sean tan taquilleras. No consigo entender por qué la gente paga su entrada (ahora, para colmo, más cara por poder ver las tetas en 3D) y se queda mirando semejante bazofia durante más de una hora. Eso me demuestra hasta qué punto se puede confiar en nuestra sociedad.
Yo, en mi caso, no voy al cine para ver cómo un racista consumado –aunque sea de ‘ficción’– se pasee como si nada por los escenarios más escabrosos. Prefiero ver algo llamado película, en las que hay unas personas llamadas actores que se dedican a interpretar un guión inteligente. Es decir, que apenas puedo ir al cine.
¿Puedo decir que no me extraña viendo quién es la persona que abandera nuestra cultura? Una tal Ángeles González-Sinde, a la sazón menestra de Incultura. No me meto con ella por la ley con la que pasará a la posteridad, sino por ser la ilustre mente que concibió cada lasciva escena de ‘Mentiras y gordas’.
Me entristece que en este país se sea capaz de tachar con la calificación ‘X’ a ‘Saw 6’ y que luego se rinda culto a Torrente. ¿Qué hipocresía hemos creado? ¿Hasta donde llega nuestra gorda… mentira?
Pues nada, os animo a todos a gastar diez euros en vuestra entrada para ver a Paquirrin trabajando (dios, por fin, después de tantos años), a Belén Esteban fingiendo que actúa y a una inmensa tropa de sobreactuados personajes que me recuerdan que a ciertas partes –o personas– de España no ha llegado la civilización.

 

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