Hoy en día, a cualquier persona con más de doce años sesenta céntimos le parecen calderilla, peso en los bolsillos del que es muy fácil desprenderse. Con lo que antaño uno podía pagarse casi un café hoy en día poco se puede hacer. Pero, ¿realmente nos hemos parado a pensar lo que hay que luchar por conseguir esta pequeña cantidad?
En mi caso, lo tengo claro. Diez minutos en una larga cola, cinco rellenando un impreso a prueba de tontos y “unos cuantos días” de espera para que Euskotren reflexione sobre si me da la razón o no. Yo mismo reconozco que estoy perdiendo mi preciado tiempo por una miseria que sin duda acabará en la caja registradora de algún bar, pero hay algo mucho más fuerte que me obliga a remover cielo y tierra con tal de que la compañía del tranvía claudique.
Estoy harto de tener que pagar, pagar y pagar. La vida consumista me estresa, quizá porque me he dado cuenta de que por lo único que no nos cobran es por respirar. Esta dinámica podría asumirse en ciertos casos, pero cuando a diario malgastas más de un euro por usar el transporte público acabas quemándote. Y si encima cuando has pasado religiosamente tu tarjeta van y te dejan tirado a varias paradas de tu destino “por causas ajenas a la empresa” es normal que quieras que te devuelvan el pago por un servicio que no te han prestado.
En mi caso, este gesto me fastidió la tarde. Intrigado por el motivo de la suspensión del servicio, llamé a la redacción para alertar del extraño suceso, y a modo de respuesta recibí la orden de acudir a una de las paradas, donde al parecer había jaleo. Casi corriendo, me planté allí en tiempo record para encontrarme con un jugoso escape de gas. Es decir, tener que hablar con vecinos, bomberos y demás y marcharme a casa a escribir sobre el acontecimiento. Adiós llevar a reparar el portátil, a comprar tinta para la impresora y quedar con un amigo.
Cierto es que Euskotren no tenía la culpa de esto, por lo menos no directamente, pero también está claro que es su obligación devolverme el precio del billete, aunque salga más caro para ambas partes el proceso de la reclamación, una queja que viajará hasta Bilbao para provocar la carcajada a un funcionario que, si así lo desea, puede estampar el sello de rechazada y hacer que mi indignación aumente.
Recuerdo la cara de la empleada de la oficina del tranvía, extrañada de que fuera a hacer esa reclamación. Desde luego, parece que en todo el día nadie había ido a lo mismo. Curioso, porque se me viene a la mente la estampa de medio centenar de usuarios/as indignados/as por tener que seguir a pie, cagándose en todo bicho viviente y maldiciendo el tranvía. ¿Dónde se han quedado esas palabras vacías? Parece que el problema, como siempre, es nuestro, porque no somos capaces de luchar por lo que nos pertenece: preferimos que nos manejen a su antojo.
Ah, bien distinta sería la jornada de cierto funcionario si a mi instancia le acompañasen un par de cientos más.
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s