Las heridas abiertas en su cuerpo se quemaban lentamente bajo la acción del sol, dejando ver bajo su piel anaranjada el color gris metálico de sus entrañas. Abandonada a su suerte en aquella apartada calle, la bicicleta agonizaba, recostada contra el contenedor de vidrio, pidiendo ayuda con un lamento mudo que nadie parecía querer oír. La tortura a la que la habían sometido había dejado graves lesiones, destrozos por los que poco a poco se le escapaba la vida. Su cadena, arrancada con rabia de sus engranajes, la dejaba inmóvil frente a su cruel destino, mientras el muñón de lo que tiempo atrás fue un sillín evidenciaba un daño irreparable.
Era una víctima más de la intolerancia de los vándalos, una bici anónima ahora que le habían arrancado la placa con su número de serie de la cesta de metal, abollada por las patadas y palos que había recibido. Los rasponazos en su cuadro, las ruedas rajadas por el filo de una navaja, dejaban irreconocible su figura, haciendo olvidar que ella fue una más de las que el ayuntamiento solía dejar en préstamo.
Sabía que le quedaba poco tiempo, que yacía moribunda sin que nadie se preocupase. Aunque alguien la encontrase, sus heridas no iban a sanar tan fácilmente, porque a nadie le importaba la desgracia de un objeto inanimado. Arrancada de su cadena con un cortafrío, había servido de diversión a una cuadrilla de desalmados sin remordimientos, y ahora recordaba cada uno de los golpes como si se lo volviesen a dar. Bajo su capa de metal, la bicicleta se estremecía de dolor.
Sólo una persona reparó en aquella rueda semioculta entre contenedores de reciclaje, y se acercó, picada por la curiosidad, a contemplar el triste panorama. Su mirada de resignación, asumiendo la escabrosa escena, fue acompañada por el gesto de sacar el móvil. El sonido del teléfono al capturar la imagen con su cámara fue lo último que ella pudo oír, consciente de que se acababa de convertir en una estampa más de una ciudad dividida entre el amor y el odio a los pedales, en la que todavía se veía con malos ojos a quien usaba este transporte limpio y sano, y en la que aún existía intolerancia a la hora de compartir con ellas las aceras.
Sabía que su muerte era en vano.
Vitoria, 15 de mayo de 2011

 

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