Quienes vivimos en ciudades más o menos grandes estamos ya acostumbrados a ver por la calle a indigentes sin rumbo fijo. Puede que estén en cuadrilla dando cuenta de un brick de vino o que acampen en un banco con sus trastos en busca de la soledad, pero lo cierto es que cada vez este colectivo es más visible. Y convivir con ellos apenas plantea problemas, ya que van por libre y no suelen molestar al resto de personas. Es difícil ver a uno de estos mendigos lanzarse con saña contra alguien o siendo el primero en emplear la violencia en una reyerta.
De quienes están al otro lado no se puede decir lo mismo. Leo en la web de EL CORREO la siguiente noticia –http://goo.gl/TsSm3– con la habitual repugnancia con la que recibo este tipo de actos. De nuevo una cuadrilla de jóvenes se ensañan con un indigente buscando diversión, y por supuesto otra vez la víctima paga muy cara la burla de estos niños de papá. En esta ocasión, la ‘broma’ de estos salvajes de Palma ha sido bañarlo en pintura tras despertarlo con insultos. El pobre hombre, atemorizado y sin saber bien qué estaba sucediendo, no pudo evitar tragar parte del contenido de los tres botes de pintura que le arrojaron.
Todo esto me recuerda a aquel caso tan sonado de hace años en el que una cuadrilla de jóvenes roció con disolvente a una sin techo en un cajero de Barcelona y después le prendió fuego. En esta ocasión la sádica gamberrada acabó con la muerte de la vagabunda –que seguramente era lo que buscaban aquellos angelitos al prenderle fuego–, y aunque en el caso de Palma el indigente está muy grave, tampoco se puede descartar que el desenlace sea el mismo. Lo que volvería a demostrar hasta qué punto vivimos en una sociedad incivilizada.
Que los jóvenes se dediquen a vejar, dar palizas e incluso matar a quienes se encuentran indefensos no es nada nuevo. Cada vez son más los descerebrados que se creen que es divertido ensañarse con el más débil y, a ser posible, grabarlo con el móvil a modo de trofeo con el que chulear frente a los amigos. Los discapacitados y los vagabundos son sus víctimas predilectas, y desde luego no les importa que mueran por su culpa. ¿Por qué?
La sociedad en la que vivimos sólo premia el éxito, el triunfo y la gloria. A los ojos de los chavales que han crecido teniéndolo todo les cuesta ver que un sin techo también es una persona y que tiene los mismos derechos. Las barreras sociales que separan a ambos son excusa suficiente para creer que no importa lo que les puedan hacer, que nadie va a ir a por ellos por sus actos. Y en muchas ocasiones este tipo de agresiones nunca salen a relucir, porque para un mendigo el miedo a la gente, a esa sociedad que les desprecia, le impide denunciar cualquier cosa.
Así que, por desgracia, seguiremos viendo noticias como ésta y nos seguiremos indignando durante un cuarto de hora para después volver a apartar la mirada del indigente que, recostado en un banco, carga con esa borrachera que le permite olvidar lo solo que está en el mundo.

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