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Aunque sólo nos separaban un par de años, a él la vida ya lo había consumido lo suficiente como para convertirle en un hombre gris con buena percha para el traje. Su sonrisa forzada era evidente mientras me acercaba con profesionalidad aquella tarjeta con un nombre, una extensión de centralita y el consabido logotipo al que se había reducido su vida, mientras señalaba aquél folleto garabateado con consignas matemáticas de dudosa legalidad.
Él era mercenario de la hipocresía, aunque difícilmente llegaría a maestro. Era uno de tantos que escogieron el camino oscuro tras salir de la facultad y acabaron tras una mesa de oficina en la sucursal de un banco con la única misión de vender humo a quienes acudían a su puesto con un mar de dudas, un modesto saquito con el símbolo del dólar y esperanzas de hacerse ricos a costa del sistema financiero. Se sentía a gusto con el cheque a fin de mes, de obligado ingreso en una cuenta de la entidad, y algunas comisiones de vez en cuando si conseguía arrastrar una pequeña fortuna a las arcas mágicas de su oficina.
Como una hormiguita, ahorraba para poder comprarse su BMW, asumiendo con fastidio aquellos extras que implicaban la buena presencia que exigía el protocolo del banco. Era de los pocos en su apolillado bloque que llevaba corbata, incluso camisa, y soñaba con huir de allí algún día. Mientras tanto, se conformaba con mirar por encima del hombro sin ningún disimulo a sus convecinos. Como estaba haciendo hoy.
El alboroto del fondo de la sala captaba su atención más que la promesa de mirar la posibilidad de que yo trasladase mis ahorros a su caja fuerte. Mientras me repetía las ventajas de unirme a su club, miraba por encima mía al grupo de personas que peleaban a viva voz, extrañado de que eso pasase en el santuario de San Dinero. A mí no me hacía falta girarme para evocar la imagen de un hombre casi sumido en la indigencia gastando su último cartucho en un vano esfuerzo de que el banco dejase de sangrarle el subsidio del paro. Pero para el joven que estaba en la cima la idea de despeñarse era algo lejano, y su gesto de desagrado lo dejó todo claro. ¿Qué le importaban a él las miserias de un loco, cuando tenía su futuro asegurado?
Estreché su mano con lástima antes de levantarme y cruzar una mirada con el hombrecillo al que dos fornidos vigilantes arrastraban hacia la salida. Aunque él estuviese tocando fondo, su calvario no era ni por asomo equiparable al que estaba viviendo el solícito empleado del banco, tan alejado de lo que pasaba realmente en la calle, perdido en un mundo de resultados que, como siempre, sólo son para unos pocos, y él no está entre ellos.
Vitoria, 11 de septiembre de 2011

 

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Las heridas abiertas en su cuerpo se quemaban lentamente bajo la acción del sol, dejando ver bajo su piel anaranjada el color gris metálico de sus entrañas. Abandonada a su suerte en aquella apartada calle, la bicicleta agonizaba, recostada contra el contenedor de vidrio, pidiendo ayuda con un lamento mudo que nadie parecía querer oír. La tortura a la que la habían sometido había dejado graves lesiones, destrozos por los que poco a poco se le escapaba la vida. Su cadena, arrancada con rabia de sus engranajes, la dejaba inmóvil frente a su cruel destino, mientras el muñón de lo que tiempo atrás fue un sillín evidenciaba un daño irreparable.
Era una víctima más de la intolerancia de los vándalos, una bici anónima ahora que le habían arrancado la placa con su número de serie de la cesta de metal, abollada por las patadas y palos que había recibido. Los rasponazos en su cuadro, las ruedas rajadas por el filo de una navaja, dejaban irreconocible su figura, haciendo olvidar que ella fue una más de las que el ayuntamiento solía dejar en préstamo.
Sabía que le quedaba poco tiempo, que yacía moribunda sin que nadie se preocupase. Aunque alguien la encontrase, sus heridas no iban a sanar tan fácilmente, porque a nadie le importaba la desgracia de un objeto inanimado. Arrancada de su cadena con un cortafrío, había servido de diversión a una cuadrilla de desalmados sin remordimientos, y ahora recordaba cada uno de los golpes como si se lo volviesen a dar. Bajo su capa de metal, la bicicleta se estremecía de dolor.
Sólo una persona reparó en aquella rueda semioculta entre contenedores de reciclaje, y se acercó, picada por la curiosidad, a contemplar el triste panorama. Su mirada de resignación, asumiendo la escabrosa escena, fue acompañada por el gesto de sacar el móvil. El sonido del teléfono al capturar la imagen con su cámara fue lo último que ella pudo oír, consciente de que se acababa de convertir en una estampa más de una ciudad dividida entre el amor y el odio a los pedales, en la que todavía se veía con malos ojos a quien usaba este transporte limpio y sano, y en la que aún existía intolerancia a la hora de compartir con ellas las aceras.
Sabía que su muerte era en vano.
Vitoria, 15 de mayo de 2011

 

Le vio de refilón al doblar una esquina. Parecía una persona normal, pero el brillo de su mirada fija, penetrante, le alertó del peligro. Aquellos dos ojos recorrían cada centímetro de su cuerpo, le estudiaban a pesar de los metros que les separaban. El escalofrío terminó de convencerle de que aquel no era un lugar seguro.
Aceleró el paso maldiciendo la soledad de aquellas calles. Nadie solía escoger ese camino a altas horas de la noche, nadie salvo quien estaba demasiado loco, adoraba el peligro o buscaba emociones demasiado fuertes. O, como era su caso, que buscaba un atajo. La tenue luz de las farolas creaba sombras en cada portal vacío, y en las lunas de los coches se intuían sombras irreales. Pero él sabía que todo eso era fruto de su imaginación. Su perseguidor, al contrario, era muy real.
Oía sus pasos sobre las baldosas, un ritmo tranquilo pero demasiado ruidoso, marcado con la intención de intimidar, de recordar constantemente su presencia. Estoy tras de ti, parecía decir el repiqueteo.
¿Cuáles eran sus intenciones? ¿Tardaría mucho en alcanzarle? El sudor corría por su frente mientras en su pecho el corazón pugnaba por salirse, pidiendo a gritos al cuerpo que siguiera su ritmo.
A pesar del miedo, reunió valor y sacó fuerzas para iniciar la carrera. Sus pies consiguieron hacerle volar mientras atravesaba pasos de cebra, esquivaba árboles y papeleras, sin mirar atrás en ningún momento. Sentía que se quedaba sin aliento, el resuello de su respiración le impedía oir si su acosador también corría tras él. Tampoco le importaba mucho, porque sabía que su meta se encontraba cerca. A dos manzanas la carretera cobraba vida. Por ella circulaban algunos coches, a pesar de la hora. Si conseguía alcanzarla, parar algún coche, pedir ayuda…
Un agudo pinchazo ralentizó su ritmo hasta convertirlo en pasos lentos. La falta de ejercicio había pasado factura a todo ese esfuerzo. Necesitaba parar, sólo unos segundos, mientras cogía fuerzas para seguir ese corto tramo. Habría sido rápido, seguro que lo había dejado atrás.
Más confiado, inició de nuevo su marcha. Faltaba poco para rebasar el edificio, para correr los veinte metros que le separaban de la salvación, y se sentía libre. Intentó esbozar una sonrisa. Ya casi lo tenía…
De repente, al pasar por la esquina, alguien se abalanzó sobre él. El susto le hizo detenerse mientras la sombra se colocaba delante. Quiso empujarle, pero estaba paralizado por la mera visión de esos ojos que, por desgracia, ya había visto antes. El mismo brillo de la locura mientras fingía sonreír, acercándose lentamente, buscando en el interior de su cazadora algo que, sin duda, acabaría con su vida.
– ¿Me compras un boleto?
Aquellas palabras le sorprendieron. ¿Era la última burla antes de atestarle el golpe fatal? Miró su mano: en ella descansaba un taco de papeletas numeradas. Fiestas de Abetxuko, pudo leer. ¿En serio…?
– Un euro. – Exclamó aquel acosador, la mano abierta para recibir la moneda.
Vitoria, 26 de febrero de 2011

 

Publicado: 26 septiembre, 2010 en Relatos
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La suave melodía que se filtraba por los altavoces ocultos no hacía sino acentuar esa sensación de inseguridad. Un tranquilo vals acompañaba el tintineo del tenedor, el débil murmullo del resto de comensales, haciendo que esa noche fuera más especial.
No sé cuántas personas percibían ese detalle, quién estaba, como yo, atento a cada acorde. Me maldije por estar pensando en esas nimiedades cuando tenía frente a mí, por fin, un ángel. Pero lo cierto es que el incomodo silencio que nos embriagaba hacía casi obligatorio reparar en esas pequeñas cosas.
Volví a mirarte con disimulo, fingiendo que escrutaba la salsa roquefort. Me pareció que retirabas la mirada, como si te hubiese descubierto en un dulce delito que querías ocultar al mundo. Te comprendía muy bien. Ese pequeño rubor en tus mejillas era similar al que había aparecido en las mías al rozar tu mano mientras cogía el pan.
Por el rabillo del ojo recorrí ese dulce óvalo, perdiéndome en la comisura de tus labios, deteniéndome en la punta de esa naricita respingona, y admirando esos ojos enmarcados por el rimel, intentando encontrar mi reflejo en tus pupilas. Reprimí el deseo de acariciar tu corta melena, de seguir el camino por tu cara, hasta dejarla descansar en la nuca, acercándome lentamente para robarte un poco de ese carmín.
No sabía qué decir, aunque poco importaba eso. Mi acostumbrada locuacidad parecía haberse esfumado en el momento decisivo, en la noche en la que todo se jugaba a una carta. Era consciente de que estaba retrasando lo inevitable, incapaz de decir esas palabras que durante todo el día habían revoloteado por mi mente.
Pero también sabía que tú lo sabías. No podías engañarme, se veía en ese brillo que, como las brasas de la chimenea, daba calor a tu mirada. Estabas esperando a que yo diera el paso, temblando mientras cogías el tenedor, impaciente por darme tu respuesta.
Era irónico que ninguno quisiera romper el hielo. Con la de horas que habíamos compartido con la excusa de tomar un café, charlando hasta que los posos descubrían nuestra coartada, y ahora nos habíamos quedado sin voz.
Conocía cada detalle de tu vida, no había nada que tú no supieras de la mía. Incluso creo que te diste cuenta de lo que yo sentía desde el día en que me regalaste aquella sonrisa, haciendo que desapareciera mi timidez y me sincerase.
¿Tan difícil era decirte “te quiero”? ¿Por qué me consumían las dudas? ¿Acaso no confiaba en mí mismo? Había elegido ese restaurante con la intención de sacar de mi corazón todas esas promesas que ahora, sin embargo, se me atragantaban, haciendo de mi copa un recurso sobrevalorado. ¿No era el momento?
Y entonces me di cuenta. No era aquí ni ahora, sino después, mientras paseáramos por la orilla de la Ría, justo en el momento en el que estuviéramos por la mitad del Zubi zuri. Yo te cogería de las manos, me pondría frente a ti, y te explicaría lo mucho que habías cambiado mi vida, todo lo que habías hecho florecer en mi interior. Te miraría a los ojos, y después, cuando hubieras asentido con una cálida sonrisa, me acercaría para rozar tus labios, mientras mis brazos te mecían en un dulce abrazo.
Sin duda era el mejor postre para acabar la noche, contar las estrellas cogidos de la mano.
Vitoria, 1 de marzo de 2010

Puedo…

Publicado: 4 julio, 2010 en Divagaciones, Relatos
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Hoy puedo llorar.
Puedo maldecir por todo el tiempo que he perdido, por todos esos momentos en los que he estado a tu lado, desperdiciando cada segundo que escapaba entre mis dedos sin decirte lo que siento…
Puedo gritar al espejo por no haber sido suficiente bueno para ti, para conquistarte, para hacerme querer…
Puedo odiarme porque no soy capaz de odiarte…
Puedo abrazar a la botella con igual o mayor pasión con la que te habría acogido entre mis brazos, y no soltarla hasta que su beso amargo me embriague hasta tal punto que no haya vuelta atrás…
Puedo abrir una ventana y volar, como vuelan los sueños, los pensamientos, los sentimientos…
Puedo sufrir en silencio, mientras me devora la ira, hasta estallar en un mar de violencia que arrase con  todo cuanto se encuentre a mi lado…
Puedo olvidar que existes, olvidar esta parte de mi vida, rellenar el hueco vacío con momentos que nunca sucedieron pero que debían haber pasado, y vivir una mentira…
Puedo huir de la realidad aún sabiendo que soy tan torpe y lento que al final siempre me acabará atrapando…
Puedo ver el fin del mundo a la vuelta de la esquina, puedo levantar mi mano y saludarlo, acariciarlo, sabiendo que es tan real para mí como ficticio para los demás…
Puedo escribir lo que no me atrevo a decir y romperlo, una y otra vez, sabiendo que es un débil consuelo hasta que se me acabe el papel…
Puedo…
Puedo hacer tantas cosas…
También puedo esperar. Puedo esperar días, semanas, meses, años inclusive. Puedo intentarlo una y otra vez, estando sin estar, hasta alcanzar mi meta o perderme en el abismo. Puedo intentar lo que no intenté, puedo aguardar a que el momento sea el idóneo, para hacer que algo fugaz se convierta en interminable.
Esperanza, con ello me has obsequiado. No mereces sino que corresponda a tu regalo con la paciencia del que te ha amado, te ama y te amará.
Por siempre…