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¿Celos, prepotencia o tan sólo una estrategia de marketing? Mientras hoy las tiendas de discos sufren el asedio de miles de fans en busca de Cometas por el cielo, el nuevo disco de La Oreja de Van Gogh, Amaia Montero no ha querido dejar pasar la fecha para arañar un titular y desatar la polémica. Coincidencia o no, la ex vocalista del grupo amenazaba en su twitter con no sacar su nuevo disco, previsto para el 8 de octubre, a raíz de la filtración de su single, que la cantante quería lanzar el 17 por la radio.
Esta pataleta de artista es desproporcionada al daño que le puedan hacer hecho, pero demuestra cómo el ego de Amaia puede con la humildad y el respeto hacia sus fans. Lejos de admitir que, aunque la filtración le haya fastidiado, esto le sirve como forma de promocionar su disco, la cantante estalla con una pataleta en 140 caracteres: la amenaza de no sacar el disco no se la cree ni ella, porque aunque sean pocos, todavía algunos ilusos querrán tirar su dinero comprando el CD.
Es imposible no emitir una opinión y mantenerse neutral ante esta forma de proceder. Si ya de por si no me gustó el cambio de estilo, voz y melodía de Amaia en solitario, ahora con esta prepotencia termina de rematar su imagen de ‘reina del pop’ –en el más puro estilo de la canción que ella misma cantó con LODVG–. Y eso que aún no he entrado a juzgar su canción Caminando. Del fragmento que he podido escuchar –de treinta segundos– prefiero no hablar, porque al final los gustos de cada persona son muy subjetivos, y si hay a quien le gusta la mierda, allá ellos.
Sin nada más que decir, y esperando los insultos de los fanáticos de la diva, os dejo un enlace a la noticia y otro al vídeo, antes de que lo retiren los inquisidores de su discográfica.
http://sentimusica.blogspot.com/2011/09/caminando-amaia-montero.html
http://www.elcorreo.com/vizcaya/20110913/mas-actualidad/cultura/amaia-201109131027.html
¿Qué puede haber más triste que un MP4 de dieciséis gigas sin que nadie lo use? Quizá, y hablo desde la experiencia de quien tiene el suyo abandonado, la falta de ganas de ponerse los cascos y escoger uno de los discos de su interior, a pesar de que éstos sean tus favoritos. Pero en esta vida llega un momento en que las letras, los acordes y las voces son tan familiares –y tienes tan poco tiempo para disfrutar de todo esto– que da pereza volver a escuchar esas canciones que te han acompañado a lo largo de los años.
Lo mismo pasa con los discos de un mismo grupo. El nuevo destierra al anterior en la jerarquía de las prioridades, y sólo cuando te invade la nostalgia acabas volviendo a los inicios de su trayectoria, para darte cuenta de que, al final, siempre es el mismo esquema y estilo, sólo que con más fuerza, experiencia y madurez.
Pocas veces se rompe con esta dinámica, y si Melendi es el caso más reseñable, siempre desde mi experiencia, ahora parece que La Oreja de Van Gogh ensaya una nueva forma de hacer música con su nuevo single ‘La niña que llora en tus fiestas’. El giro a una melodía completamente diferente, como siempre acompañada de una letra de lujo, engancha desde el primer momento a quienes buscamos en las canciones algo más que un estribillo pegadizo: esta nueva canción no deja indiferente, consigue transmitir, pese a lo distinto respecto a otras canciones, ese espíritu LODVG que resucitó con fuerza con Leire Martínez como nueva vocalista.
El grupo donostiarra consigue superarse, y eso ya es difícil, con un temazo que augura que su nuevo disco va camino de una madurez, de un avance en calidad, estilo y composición. No es a lo que nos tiene acostumbrados, pero es un trabajo magistral, y desde luego es difícil que defraude a los fans.
Cada canción de LODVG tiene vida propia, y ésta no es una excepción. Falta saber si el resto del disco va a tener esta nueva vitalidad fresca y descarnada, o si por el contrario seguirán con la tradición. En cualquiera de los casos, estaremos hablando de otra obra maestra.
Y sí, ahora os dejo la canción. Disfrutadla.

 

Desde hace algún tiempo los editores de periódicos buscan la fórmula milagrosa para conseguir que el número de sus lectores aumente, a ser posible atraídos desde la gran masa que consume su producto de forma gratuita en las ediciones digitales. Un duro reto, sobre todo en tiempo de crisis, para el que ayer se presentó una posible manera de superarlo. Se trata de ‘Kiosko y más’, una gran plataforma de prensa que incluye cabeceras tan importantes como el País y ABC, además de todos los regionales de Vocento y una amplia oferta de revistas, a precios muy inferiores a los que se pueden ver en un kiosko normal.
La iniciativa viene de la mano de varias potentes empresas multimedia y busca convertirse en un referente en el que los lectores puedan optar por leer desde sus tablets o smartphones el periódico del día, o las revistas que hay a disposición del lector. Sus atractivos precios y su comodidad al reagrupar los contenidos en un mismo soporte, en vez de obligar a bucear entre las diferentes secciones de la edición digital para despachar el ejemplar entero, parecen un aliciente para ese público joven que se aleja del papel.
La cosa es ver si estas profecías se cumplen o no, pero lo que está claro es que a las empresas periodísticas este portal apenas les supone un gran desembolso, ya que, al entregar sus contenidos en un soporte similar al PDF, eliminan los costes de impresión y distribución, lo que permite ese precio más acorde con los tiempos que corren y poder acercarse a más lectores, que al final es lo que cuenta a la hora de obtener ingresos con la publicidad.
La experiencia es interesante, y yo ya me he animado a comprar mi primer ejemplar, aunque con alguna que otra pega, porque al final me han vendido la moto y he acabado leyéndome la edición Vizcaya de EL CORREO en vez de la de mi ciudad. Pero de los errores se aprende, y creo que esta plataforma y yo vamos a ser buenos aliados, sobre todo esos domingos de periódico a 2,10 euros en los que pagar sólo ochenta céntimos por leer los titulares y algo de texto se va a agradecer.
Lo que está claro es que hay que dar pasos como éste para que quienes huyen del papel puedan encontrar otras opciones con las que mantenerse informados con todas las facilidades posibles, y aunque la convivencia con la tinta impresa todavía va para largo, es mucho mejor ir preparándose pronto y bien que tarde y mal.
Odio repetirme. Me repugna volver siempre a los mismos temas, a rescatar los mismos argumentos de otros posts y dar la impresión de que sólo tengo cuatro temas de los que hablar. Pero lo que más me desagrada es no tener opción, estar obligado a repetirme porque alguien, o alguna empresa o institución/partido político ha vuelto a cagarla. Y por eso otra vez en este blog las puyas van hacia el fortín de Berlusconi en España, la cadena de televisión Telecinco, rebautizada como Telecirco por haber hecho de su programación una versión 2.0. de ‘Los payasos de la tele’.
Pero en esta ocasión, por desgracia, el tema que nos ocupa no es ninguno de sus vomitivos intentos de programa del corazón, sino la teleserie que han hecho sobre el mayor atentado terrorista que sufrió este país el once de marzo de 2004, con 191 muertos a manos de Al-Quaeda. Una falta de respeto sin precedentes hacia las víctimas, una burla a la memoria de todos aquellos que sufrieron los estragos de esta tragedia que desde la cadena intentan camuflar como un intento de que no se olvide el 11-M.
No hace falta una serie de ficción endulzada con las pajas mentales de guionistas sin escrúpulos para olvidar este amargo suceso, sino que la gravedad del hecho ha grabado a fuego en la memoria de los españoles todo lo referente al atentado, y los libros de historia serán los encargados de explicar a las generaciones futuras lo que supuso este baño de sangre. Libros de historia basados en la realidad, no en la actuación sensacionalista de unos cuantos actores especialistas en hacer que salten las lágrimas.
Pero para Telecirco la verdad no importa, ellos adoptan esa máxima periodística tan arraigada en los últimos tiempos de ‘que la verdad no te estropee una buena noticia’ con tal de hacer caja, o en este caso con tal de romper los audímetros, durante dos noches.
Hoy es la primera entrega de este despropósito oportunista que juega con los sentimientos de las personas. Esta traición a quienes sufrieron la tragedia, desde luego, parece que va a atraer al televisor a los millones de borregos que acostumbran a seguir las desventuras de gentuza como Belén Esteban y demás compinches. Dos semanas durará la euforia, para luego acabar en el olvido. Pero, señores, el daño ya estará hecho.
La llegada del calor ha traído a la parrilla televisiva una nueva tendencia llena de morbo: retransmisiones casi en directo de los macrobotellones que organizan los jóvenes universitarios. Estas jornadas de cogorza descomunal e insoportable resaca son oro para telediarios como los de Telecirco, que busca crear una alarma social sobre el consumo masivo de alcohol entre los jóvenes. “Ensucian, chillan, mean en los portales y fornican en las aceras”, éstas son las únicas declaraciones que faltan en estos reportajes, puestas en boca de alguna vecina de avanzada edad.
Pero mientras la sociedad se lanza a criminalizar a los adolescentes insensatos que buscan su futuro en el fondo del vaso, nadie apunta con el dedo acusador a quienes ya peinan canas o soplan más velas de las que quisieran. La de los veinteañeros no es la única generación que se deleita con la estampa del licor llenando la copa lentamente, y son precisamente los adultos los que parecen entrañar más riesgos.
Saco este tema a colación a raíz de la confirmación por parte de la Guardia Civil de que el torero Ortega Cano triplicaba la tasa de alcoholemia cuando provocó el accidente de tráfico que acabó con la vida de Carlos Parra. Lo que era una sospecha fundada y secreto a voces ahora se hace oficial y convierte al diestro en diana de todas las puyas, merecidas desde luego. Su imprudencia e irresponsabilidad le han convertido en asesino fuera del ruedo, y eso nadie lo puede negar.
Lo curioso es que la vida de este famoso no ha sido en los últimos tiempos un camino de rosas, y no es de extrañar que buscase ahogar las penas en la amplia oferta de las bebidas espirituosas. Pero el que sabe beber alcohol sabe luego mearlo, y Ortega Cano no tiene excusa para coger el volante tras hacer malabares con las botellas. Porque su borrachera le hizo ir a noventa por hora con una furgoneta Mercedes comparable a un misil, y el choque contra el coche de Parra suponía un trágico pero evidente desenlace.
¿Tanto cuesta entender que el alcohol nunca es la solución, sino el inicio de los problemas? Carlos Parra no es la primera víctima de un conductor ebrio, ni será la última. No voy a hacer campaña para que la gente no beba, pero si se quieren perjudicar la salud, que sea a ellos solos. Que no arrastren a nadie en su camino de irresponsabilidad y debilidad. Algo bastante difícil, desde luego, con ejemplos como el de Aznar reclamando a viva voz que le dejen beber todo lo escrito en la Biblia.
Sólo espero que este trágico suceso acabe con algo más que cuatro años de cárcel –lo máximo que puede llegar a caerle a Cano–, y que el culpable pague por su nuevo asesinato.

 

Quienes vivimos en ciudades más o menos grandes estamos ya acostumbrados a ver por la calle a indigentes sin rumbo fijo. Puede que estén en cuadrilla dando cuenta de un brick de vino o que acampen en un banco con sus trastos en busca de la soledad, pero lo cierto es que cada vez este colectivo es más visible. Y convivir con ellos apenas plantea problemas, ya que van por libre y no suelen molestar al resto de personas. Es difícil ver a uno de estos mendigos lanzarse con saña contra alguien o siendo el primero en emplear la violencia en una reyerta.
De quienes están al otro lado no se puede decir lo mismo. Leo en la web de EL CORREO la siguiente noticia –http://goo.gl/TsSm3– con la habitual repugnancia con la que recibo este tipo de actos. De nuevo una cuadrilla de jóvenes se ensañan con un indigente buscando diversión, y por supuesto otra vez la víctima paga muy cara la burla de estos niños de papá. En esta ocasión, la ‘broma’ de estos salvajes de Palma ha sido bañarlo en pintura tras despertarlo con insultos. El pobre hombre, atemorizado y sin saber bien qué estaba sucediendo, no pudo evitar tragar parte del contenido de los tres botes de pintura que le arrojaron.
Todo esto me recuerda a aquel caso tan sonado de hace años en el que una cuadrilla de jóvenes roció con disolvente a una sin techo en un cajero de Barcelona y después le prendió fuego. En esta ocasión la sádica gamberrada acabó con la muerte de la vagabunda –que seguramente era lo que buscaban aquellos angelitos al prenderle fuego–, y aunque en el caso de Palma el indigente está muy grave, tampoco se puede descartar que el desenlace sea el mismo. Lo que volvería a demostrar hasta qué punto vivimos en una sociedad incivilizada.
Que los jóvenes se dediquen a vejar, dar palizas e incluso matar a quienes se encuentran indefensos no es nada nuevo. Cada vez son más los descerebrados que se creen que es divertido ensañarse con el más débil y, a ser posible, grabarlo con el móvil a modo de trofeo con el que chulear frente a los amigos. Los discapacitados y los vagabundos son sus víctimas predilectas, y desde luego no les importa que mueran por su culpa. ¿Por qué?
La sociedad en la que vivimos sólo premia el éxito, el triunfo y la gloria. A los ojos de los chavales que han crecido teniéndolo todo les cuesta ver que un sin techo también es una persona y que tiene los mismos derechos. Las barreras sociales que separan a ambos son excusa suficiente para creer que no importa lo que les puedan hacer, que nadie va a ir a por ellos por sus actos. Y en muchas ocasiones este tipo de agresiones nunca salen a relucir, porque para un mendigo el miedo a la gente, a esa sociedad que les desprecia, le impide denunciar cualquier cosa.
Así que, por desgracia, seguiremos viendo noticias como ésta y nos seguiremos indignando durante un cuarto de hora para después volver a apartar la mirada del indigente que, recostado en un banco, carga con esa borrachera que le permite olvidar lo solo que está en el mundo.
No me gusta hablar de algo que no sé a ciencia cierta o de lo que no tengo una noción clara, pero me temo que hoy voy a tener que hacer una excepción. Y es que el tema lo merece. Ayer salió a relucir en el informativo de Telecinco un reportaje sobre una campaña que se ha llevado a cabo en una residencia española en la que unos niños han adoptado a los ancianos internos en ella. De esta forma, estos jovencitos se han convertido en ‘nietos postizos’ y comparten parte de su tiempo con estos improvisados abuelos, que han recuperado esa alegría que las paredes del geriátrico les ha limitado.
Por eso, y aunque no sé mucho más del asunto –me he desesperado buscando en Google más información sobre el tema y he comprobado que esto ya se está llevando a cabo, si bien de diferente forma, en otros países–, me siento con la responsabilidad de aplaudir esta iniciativa. Es, sin duda, una buena forma de combatir la soledad que acecha a nuestros mayores en sus últimos años. Decía un sabio bilbaíno que la soledad es peor que la muerte, y por desgracia en las residencias de la tercera edad muchos de los internos se encuentran inmersos en esta triste situación.
Así que, para ellos, poder encontrarse cara a cara con estos nuevos nietos de caritas sonrientes obsequiándoles con su compañía y entregándoles dibujos y muestras de afecto es un alivio que les devuelve el entusiasmo, alegrándoles en el día a día y dándoles un motivo más para no rendirse a los achaques de la edad. Cuando las visitas de las propias familias escasean o no son suficientes, este refuerzo es el mejor remedio que se puede encontrar.
Creo que es uno de los mejores gestos que se puede llegar a tener, similar al de los voluntarios que dedican su tiempo a acompañar a estos ancianos, con el añadido que se crea un vínculo especial entre dos generaciones muy distanciadas. Por eso, mi intención es dar las gracias a todas esas personas que se esfuerzan por hacer de esta iniciativa una realidad.