Posts etiquetados ‘Relato de Daniel González’

Aunque sólo nos separaban un par de años, a él la vida ya lo había consumido lo suficiente como para convertirle en un hombre gris con buena percha para el traje. Su sonrisa forzada era evidente mientras me acercaba con profesionalidad aquella tarjeta con un nombre, una extensión de centralita y el consabido logotipo al que se había reducido su vida, mientras señalaba aquél folleto garabateado con consignas matemáticas de dudosa legalidad.
Él era mercenario de la hipocresía, aunque difícilmente llegaría a maestro. Era uno de tantos que escogieron el camino oscuro tras salir de la facultad y acabaron tras una mesa de oficina en la sucursal de un banco con la única misión de vender humo a quienes acudían a su puesto con un mar de dudas, un modesto saquito con el símbolo del dólar y esperanzas de hacerse ricos a costa del sistema financiero. Se sentía a gusto con el cheque a fin de mes, de obligado ingreso en una cuenta de la entidad, y algunas comisiones de vez en cuando si conseguía arrastrar una pequeña fortuna a las arcas mágicas de su oficina.
Como una hormiguita, ahorraba para poder comprarse su BMW, asumiendo con fastidio aquellos extras que implicaban la buena presencia que exigía el protocolo del banco. Era de los pocos en su apolillado bloque que llevaba corbata, incluso camisa, y soñaba con huir de allí algún día. Mientras tanto, se conformaba con mirar por encima del hombro sin ningún disimulo a sus convecinos. Como estaba haciendo hoy.
El alboroto del fondo de la sala captaba su atención más que la promesa de mirar la posibilidad de que yo trasladase mis ahorros a su caja fuerte. Mientras me repetía las ventajas de unirme a su club, miraba por encima mía al grupo de personas que peleaban a viva voz, extrañado de que eso pasase en el santuario de San Dinero. A mí no me hacía falta girarme para evocar la imagen de un hombre casi sumido en la indigencia gastando su último cartucho en un vano esfuerzo de que el banco dejase de sangrarle el subsidio del paro. Pero para el joven que estaba en la cima la idea de despeñarse era algo lejano, y su gesto de desagrado lo dejó todo claro. ¿Qué le importaban a él las miserias de un loco, cuando tenía su futuro asegurado?
Estreché su mano con lástima antes de levantarme y cruzar una mirada con el hombrecillo al que dos fornidos vigilantes arrastraban hacia la salida. Aunque él estuviese tocando fondo, su calvario no era ni por asomo equiparable al que estaba viviendo el solícito empleado del banco, tan alejado de lo que pasaba realmente en la calle, perdido en un mundo de resultados que, como siempre, sólo son para unos pocos, y él no está entre ellos.
Vitoria, 11 de septiembre de 2011

 

Sara sabía que de los encuentros cara a cara en la barra de un bar no podía salir nada bueno, pero no pudo evitar que sus ojos devorasen cada centímetro del cuerpo del pecado que tenía frente a sí. Intentó apartar la mirada y evitar la llama del deseo que había prendido en su interior, buscando en vano refugio en la compañía de la camarera.
– Un café. – Suplicó, sin saber que la chica era cómplice en aquel complot destinado a juntarles, y estaba dispuesta a demorar el pedido el tiempo que fuera necesario. Mientras la taza se iba llenando en la cafetera, la empleada se sumergió en las profundidades de la trastienda, dejando solos a Sara y su perdición.
Desesperada, la joven intentaba no mirar en la dirección de la visión prohibida, pero su nula fuerza de voluntad  le hizo acercarse poco a poco hasta su altura, con disimulo, mientras se maldecía a sí misma por ser tan lanzada. No quería romper el juramento que hizo tiempo atrás, se negaba a volver a sucumbir a sus vicios y acabar llorando por culpa de sus impulsos, pero la necesidad de posar sus labios en la inevitable tentación era más fuerte que cualquier principio.
Temblaba, invadida por el miedo a que venciese el instinto, pensando en salir corriendo. Sabía que él no iría tras ella, que no le agarraría el brazo reclamando su atención, pero aun así no podía dejar de desearlo. Avergonzada, no podía evitar preguntarse por qué era tan débil, por qué siempre caía…
Sumida en sus lamentos, no vio cómo se acercaba la camarera con la taza humeante. Fue incapaz de reaccionar con calma, y casi con rabia, se encaró con ella.
– Y ese pincho de jamón y queso, también.
Ya estaba perdida. Otra vez. Adiós dieta, pensó tras el primer bocado.
Vitoria, 2 de julio de 2011
Alberto se hundía poco a poco en la arena, devorado por las entrañas de la Concha. A su lado, medio enterrados, yacían los restos del pack de seis cervezas que le acompañaban desde el atardecer, dando cuenta de las horas pasadas a pocos metros de la orilla.
A modo de improvisada linterna, una vela iluminaba aquella porción de playa en la que el joven engullía, una tras otra, las latas de doble malta. Su única compañía era el regusto amargo del líquido ambarino que, lentamente, se apoderaba de su mente. Hacía tiempo que el cielo había perdido su color, y el sonido de las olas rompiendo en la orilla marcaba el ritmo en el que los minutos se escapaban, mientras la mirada perdida de Alberto intentaba evitar que las lágrimas asomasen por sus ojos.
No era la primera vez que camuflaba sus lamentos en la oscuridad de la noche, deseando que la cerveza arrastrase hacia el mar esos recuerdos que de día tanto le atormentaban. Sabía que tampoco sería la última, y se odiaba por ello.
No le hacía falta mirar el reloj para saber que estaba llegando la hora del encuentro. Como tantas y tantas noches atrás, ellos llegarían en silencio y ocuparían los huecos a su lado. Tenían como norma no hablar, sólo estaban allí para mirar el negro horizonte y comprender que su futuro estaba teñido por el mismo color. Sólo su compañía conseguía que Alberto quisiera ver de nuevo amanecer, aunque sus nombres, incluso sus rostros, fuese un enigma.
Apuró el contenido de su última lata antes de que llegasen las otras almas perdidas, y arrojó la evidencia de su reciente alcoholismo a pocos metros. Tampoco quería ocultar nada, se dijo mientras apretaba los dientes.
– La soledad es el veneno del alma – masculló, mientras el segundero iniciaba la cuenta atrás.
Vitoria, 26 de junio de 2011
Las heridas abiertas en su cuerpo se quemaban lentamente bajo la acción del sol, dejando ver bajo su piel anaranjada el color gris metálico de sus entrañas. Abandonada a su suerte en aquella apartada calle, la bicicleta agonizaba, recostada contra el contenedor de vidrio, pidiendo ayuda con un lamento mudo que nadie parecía querer oír. La tortura a la que la habían sometido había dejado graves lesiones, destrozos por los que poco a poco se le escapaba la vida. Su cadena, arrancada con rabia de sus engranajes, la dejaba inmóvil frente a su cruel destino, mientras el muñón de lo que tiempo atrás fue un sillín evidenciaba un daño irreparable.
Era una víctima más de la intolerancia de los vándalos, una bici anónima ahora que le habían arrancado la placa con su número de serie de la cesta de metal, abollada por las patadas y palos que había recibido. Los rasponazos en su cuadro, las ruedas rajadas por el filo de una navaja, dejaban irreconocible su figura, haciendo olvidar que ella fue una más de las que el ayuntamiento solía dejar en préstamo.
Sabía que le quedaba poco tiempo, que yacía moribunda sin que nadie se preocupase. Aunque alguien la encontrase, sus heridas no iban a sanar tan fácilmente, porque a nadie le importaba la desgracia de un objeto inanimado. Arrancada de su cadena con un cortafrío, había servido de diversión a una cuadrilla de desalmados sin remordimientos, y ahora recordaba cada uno de los golpes como si se lo volviesen a dar. Bajo su capa de metal, la bicicleta se estremecía de dolor.
Sólo una persona reparó en aquella rueda semioculta entre contenedores de reciclaje, y se acercó, picada por la curiosidad, a contemplar el triste panorama. Su mirada de resignación, asumiendo la escabrosa escena, fue acompañada por el gesto de sacar el móvil. El sonido del teléfono al capturar la imagen con su cámara fue lo último que ella pudo oír, consciente de que se acababa de convertir en una estampa más de una ciudad dividida entre el amor y el odio a los pedales, en la que todavía se veía con malos ojos a quien usaba este transporte limpio y sano, y en la que aún existía intolerancia a la hora de compartir con ellas las aceras.
Sabía que su muerte era en vano.
Vitoria, 15 de mayo de 2011

 

Siento que el tiempo se me escapa, me rehuye, me odia.
Cada día se rompe más y más el débil lazo que nos une, y por las fisuras abiertas se escapan sin control segundos, minutos y hasta horas. Todos ellos quedan atrás, en un camino hecho demasiado aprisa y en el que no hay tiempo para pararse.
Empiezo a creer que vivo al límite de la locura, muy cerca de la frontera con la desesperación, y cuando intento buscar un consuelo en la esfera de mi reloj…
Tú ya no estás.
Vitoria, 10 de abril de 2010

 

Y el sonido de la motosierra cortando sus huesos sustituyó a la dulce melodía de sus gritos de terror…
Vitoria, 12 de marzo de 2011

Le vio de refilón al doblar una esquina. Parecía una persona normal, pero el brillo de su mirada fija, penetrante, le alertó del peligro. Aquellos dos ojos recorrían cada centímetro de su cuerpo, le estudiaban a pesar de los metros que les separaban. El escalofrío terminó de convencerle de que aquel no era un lugar seguro.
Aceleró el paso maldiciendo la soledad de aquellas calles. Nadie solía escoger ese camino a altas horas de la noche, nadie salvo quien estaba demasiado loco, adoraba el peligro o buscaba emociones demasiado fuertes. O, como era su caso, que buscaba un atajo. La tenue luz de las farolas creaba sombras en cada portal vacío, y en las lunas de los coches se intuían sombras irreales. Pero él sabía que todo eso era fruto de su imaginación. Su perseguidor, al contrario, era muy real.
Oía sus pasos sobre las baldosas, un ritmo tranquilo pero demasiado ruidoso, marcado con la intención de intimidar, de recordar constantemente su presencia. Estoy tras de ti, parecía decir el repiqueteo.
¿Cuáles eran sus intenciones? ¿Tardaría mucho en alcanzarle? El sudor corría por su frente mientras en su pecho el corazón pugnaba por salirse, pidiendo a gritos al cuerpo que siguiera su ritmo.
A pesar del miedo, reunió valor y sacó fuerzas para iniciar la carrera. Sus pies consiguieron hacerle volar mientras atravesaba pasos de cebra, esquivaba árboles y papeleras, sin mirar atrás en ningún momento. Sentía que se quedaba sin aliento, el resuello de su respiración le impedía oir si su acosador también corría tras él. Tampoco le importaba mucho, porque sabía que su meta se encontraba cerca. A dos manzanas la carretera cobraba vida. Por ella circulaban algunos coches, a pesar de la hora. Si conseguía alcanzarla, parar algún coche, pedir ayuda…
Un agudo pinchazo ralentizó su ritmo hasta convertirlo en pasos lentos. La falta de ejercicio había pasado factura a todo ese esfuerzo. Necesitaba parar, sólo unos segundos, mientras cogía fuerzas para seguir ese corto tramo. Habría sido rápido, seguro que lo había dejado atrás.
Más confiado, inició de nuevo su marcha. Faltaba poco para rebasar el edificio, para correr los veinte metros que le separaban de la salvación, y se sentía libre. Intentó esbozar una sonrisa. Ya casi lo tenía…
De repente, al pasar por la esquina, alguien se abalanzó sobre él. El susto le hizo detenerse mientras la sombra se colocaba delante. Quiso empujarle, pero estaba paralizado por la mera visión de esos ojos que, por desgracia, ya había visto antes. El mismo brillo de la locura mientras fingía sonreír, acercándose lentamente, buscando en el interior de su cazadora algo que, sin duda, acabaría con su vida.
– ¿Me compras un boleto?
Aquellas palabras le sorprendieron. ¿Era la última burla antes de atestarle el golpe fatal? Miró su mano: en ella descansaba un taco de papeletas numeradas. Fiestas de Abetxuko, pudo leer. ¿En serio…?
– Un euro. – Exclamó aquel acosador, la mano abierta para recibir la moneda.
Vitoria, 26 de febrero de 2011